• Jimena Fer

Un diccionario para escritores y amantes de las palabras

Actualizado: 12 abr

Un diccionario de emociones vividas. Un lujo inalcanzable para muchos, un privilegio de escritores: usar palabras poderosas. Requiere un entrenamiento que puede parecer sencillo, pero que exige una actitud muy concreta. No es una cuestión de trabajar duro, sino de jugar fuerte. Jugar con las palabras. Solo así se desvelan porque el lenguaje está unido a lo más lúdico del ser humano, su creatividad. Es un juego serio. Javier Pérez de Andújar bien lo sabe. Su ‘Diccionario enciclopédico de la vieja escuela’ publicado por la editorial Tusquets es un diccionario libre, lúdico, lujurioso. Una crónica sentimental de España. Un libro para los amantes de las palabras más traviesos.


Los diccionarios y las enciclopedias tienen un poder especial para mí. Quizás porque creo firmemente que las palabras pueden conjurar. De pequeña me pasaba horas hojeándolos e intentando descubrir el mundo, como si el universo habitara en los diccionarios de forma concentrada. El primer libro que recuerdo haber leído tenía por protagonista a un conejo pirata; ahora mismo puedo verlo en mi mente con nitidez infantil. Era de pelaje marrón, llevaba un parche, lucía una pata de palo, un sombrero enorme que nunca se quitaba mientras se acompañaba de todo tipo de animales y se enfrentaba a grandes peligros.


Mi historia personal con los diccionarios

Al inicio, cuando tenía 4 años, leer era una experiencia muy angustiosa, porque de repente recordar cómo sonaban aquellas letras y formar palabras era imposible. Aún no sabía leer, preguntaba constantemente cómo se decía aquella letra larga con aquella otra redondita, esta con aquella y la otra con esa. Sin saberlo ya estaba jugando con las palabras, que empezaban a mostrarse poderosas, demasiado por aquel entonces. Recordarlo todo era una carga descomunal. Las palabras eran un obstáculo y desentrañarlas se convertía en una tarea titánica. Las palabras eran tiranas y yo no, solo inocente. Tiempo después descubrí que podía encontrar el significado de todas las cosas en un diccionario. Soñaba con conocer todas aquellas palabras. Me pasaba horas saltando de una entrada a otra, como si allí se guardaran todos los secretos que me estaban esperando.


La llegada de una enciclopedia a casa fue lo mejor que pudo haberme pasado. Sí, soy de la generación de la enciclopedia. Era una lista de palabras poderosas al alcance de mi mano. En Japón conocer más palabras determina la clase social tanto como el poder adquisitivo. Allí las clases superiores demuestran su poder, entre otras formas, por su uso de más vocablos. En Japón, país en el que viví 4 años, si no entiendes a quien te habla porque no reconoces las palabras que utiliza, aprecias de manera instantánea que se trata de alguien superior. Las sociedades verticales son más sensibles a las manifestaciones del poder que otras y todas usan la palabra como vehículo del poder y el estatus. Es una práctica reconocida entre muchos jóvenes nipones comerse las páginas de los diccionarios como ritual durante el bachillerato.

La primera vez que vi La Gioconda también recordé la foto que aparecía en la enciclopedia familiar, mi referencia del mundo. La primera vez que leí la palabra “zascandil” fue en Galíndez, de Vázquez Montalbán, y sonó en mi memoria la misma musicalidad de sus sílabas que había descubierto muchos años antes en aquel diccionario forrado con polipiel amarilla y de hojas gastadas. No sé que ha sido de él después de decenas de mudanzas, lo echo de menos como uno de tantos amigos extraviados.




Novelas para amantes de los diccionarios

Los alfabetos y el protagonismo de cada una de nuestras letras siempre me han atraído como los abismos que desvelan. Hay algunos libros muy concretos que me apasionan porque las letras y las palabras son sus protagonistas. Son libros que revelan los secretos de las palabras poderosas. Es entonces cuando más me siento privilegiada. Sí, hay un privilegio exclusivo para escritores y para amantes de las palabras. Es tan cierto como que está al alcance de cualquiera que se decida a permitirse ese lujo. No se compra, imposible, solo permite inversiones y entregas. En mi vida hay un espacio de especial significado para El orden alfabético de Juan José Millás, donde el mundo se va borrando de la mano de las palabras que desaparecen; las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna en sus infinitas posibilidades de jugar con la realidad; La tienda de las palabras de Jesús Marchamalo para saborearlas, vomitarlas, escupirlas, salivarlas y amarlas u odiarlas. Las Retahílas que tanto identifican a Carmen Martín Gaite fueron parte crucial de mi adolescencia envolviéndome hasta altas horas de la noche entre palabras que me escudaban. En Lista de locos y otros alfabetos, de Bernardo Atxaga y su Alfabeto de las pulgas descubrí un compañero para jugar con las letras. La película Alphaville de Godard muestra diccionarios fatídicos con palabras ausentes que denuncian un mundo deshumanizado que hiere en la soledad de no poder compartir la palabra "amor". Más adelante estudiaría el Talmud y la Cábala, donde las palabras son claves de conocimiento, nuestro poder creador y de nuestra humanidad.


Sé que mi conejo pirata me acompaña en estos y otros abordajes. Aun así, también creo que el orden alfabético existe para ser desafiado como constructo humano porque responde a nuestra necesidad íntima de dar orden al caos. Es mejor bailar sobre el caos y el abismo, sin orden ni entelequias, con las letras revueltas chispeantes y saltar con tu pata de palo.


Diccionario enciclopédico de la vieja escuela

Es un diccionario y como tal reúne una serie de entradas en negrita por orden alfabético. También hay referencias cruzadas. Las definiciones son personales y a la vez forman parte de un mismo aire que todos respiramos y que transformamos de manera personal mientras leemos. Cada entrada es un estímulo porque Pérez Andújar escribe en estado de gracia. No se trata de un diccionario de definiciones inapelables. Es una crónica sentimental de España en formato de diccionario. Es un diccionario muy personal y es también universal. Es un gran juego de palabras que nos cuentan sobre nosotros, palabras poderosas que conjuran todo lo que fuimos mientras nos invitan a soñar todo lo que queremos ser.


Entenderéis mi impaciencia cuando apenas fue publicado por Tusquets, el Diccionario enciclopédico de la vieja escuela de Javier Pérez Andújar, ese travieso escritor que siempre sorprende. Mientras se lee podemos imaginar a su autor habitándolo como un duende de mirada chispeante, inquieto por atrapar el universo entero. Casi lo ha logrado y hay que reconocerlo. El “casi” se debe a que es humano y duende, el infinito pertenece a los dioses como bien lo demostrara Borges en sus bibliotecas infinitas. Seguramente el autor argentino ha visitado en más de una ocasión a este otro autor catalán convertido en reencarnación de la señora Muir, una de las películas preferidas de Javier Marías, y que explora el misterio de las musas. Para Borges y los antiguos griegos, aquellos que se codeaban con ellas, el autor descubre y no crea el orden de las cosas y las letras, de tal manera que “tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu…”. Lo afirmaba Borges en 1969 para añadir que los errores son nuestros, nos hacen humanos. Borges buscó el poema perfecto durante gran parte de su vida y lo contó en un relato donde narra la relación entre un rey exigente y un poeta que al final da con ese poema perfecto que se compone de un único verso y una única palabra. Al momento de pronunciarla se queda mudo porque no puede comunicarla, ese el precio de la perfección de las palabras. En este diccionario, Pérez Andújar nos cuenta y comunica secretos con la complicidad desde la imperfección de lo vivido.

Un diccionario para amantes del lujo de la palabra

"Gente que no le tiene miedo a la nada, ni a nada. Gente que sabe que al principio fue la nada". Es un privilegio que necesita ser compartido como un secreto que se desvela poco a poco. Este es un libro que quien no pueda comprárselo puede disfrutarlo sin esperar a que llegue a las bibliotecas. Se puede hojear en línea. Lo ideal sería hacerlo en librerías cuando la tormenta arrecie y hojearlo en un orden caprichoso para volver otro día y rescatar otra palabra en una misión pirata. Quien se lo compre debería dejarlo abierto en algún lugar de la casa para los fisgones y espías de otros reinos. Es un libro que se puede leer con los abuelos o con los hijos porque atesora el mundo que muchos hemos conocido y, más aún, el tiempo que se nos escapa para siempre. Es un libro que nos cuenta íntimamente y que, al llegar a su final, aunque sea un diccionario, muestra una trama con una coherencia que nos pertenece.


En este diccionario está la España que fue y que tantas veces no sabemos explicar. También se encuentran los recuerdos que hemos olvidado, para rescatarnos. Las palabras poderosas, y este es uno de sus secretos, son generosas y se entregan sin exigir más que una actitud lúdica, libre y curiosa. Es un libro de cabecera y consulta emocional. Un libro para dejar en herencia. Un libro para saborear poco a poco, abrir por cualquier página y jugar con un compañero de travesuras que conoce lo lúdico como pocos. Javier Pérez de Andújar sostiene que es “el libro más mío” y, sin embargo, a mí también me pertenece y a muchos más. También, por supuesto, a cada lector que se acerque a sus páginas, a cada uno de nosotros como el universo que alberga y que intentamos atrapar como piratas imperfectos.


Felices lecturas, olas de palabras, conjuros atlánticos.



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