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Un diccionario para escritores y amantes de las palabras

Actualizado: 18 ene

Un diccionario de emociones vividas. Un lujo inalcanzable para muchos, un privilegio de escritores: usar palabras poderosas. Requiere un entrenamiento que puede parecer sencillo, pero que exige una actitud muy concreta. No es una cuestión de trabajar duro, sino de jugar fuerte. Jugar con las palabras. Solo así se desvelan porque el lenguaje está unido a lo más lúdico del ser humano, su creatividad. Es un juego serio. Javier Pérez de Andújar bien lo sabe. Su ‘Diccionario enciclopédico de la vieja escuela’ publicado por la editorial Tusquets es un diccionario libre, lúdico, lujurioso. Una crónica sentimental de España. Un libro para los amantes de las palabras más traviesos.


Los diccionarios y las enciclopedias tienen un poder especial para mí. Quizás porque creo firmemente que las palabras pueden conjurar. De pequeña me pasaba horas hojeándolos e intentando descubrir el mundo, como si el universo habitara en los diccionarios de forma concentrada. El primer libro que recuerdo haber leído tenía por protagonista a un conejo pirata; ahora mismo puedo verlo en mi mente con nitidez infantil. Era de pelaje marrón, llevaba un parche, lucía una pata de palo, un sombrero enorme que nunca se quitaba mientras se acompañaba de todo tipo de animales y se enfrentaba a grandes peligros.


Mi historia personal con los diccionarios

Al inicio, cuando tenía 4 años, leer era una experiencia muy angustiosa, porque de repente recordar cómo sonaban aquellas letras y formar palabras era imposible. Aún no sabía leer, preguntaba constantemente cómo se decía aquella letra larga con aquella otra redondita, esta con aquella y la otra con esa. Sin saberlo ya estaba jugando con las palabras, que empezaban a mostrarse poderosas, demasiado por aquel entonces. Recordarlo todo era una carga descomunal. Las palabras eran un obstáculo y desentrañarlas se convertía en una tarea titánica. Las palabras eran tiranas y yo no, solo inocente. Tiempo después descubrí que podía encontrar el significado de todas las cosas en un diccionario. Soñaba con conocer todas aquellas palabras. Me pasaba horas saltando de una entrada a otra, como si allí se guardaran todos los secretos que me estaban esperando.


La llegada de una enciclopedia a casa fue lo mejor que pudo haberme pasado. Sí, soy de la generación de la enciclopedia. Era una lista de palabras poderosas al alcance de mi mano. En Japón conocer más palabras determina la clase social tanto como el poder adquisitivo. Allí las clases superiores demuestran su poder, entre otras formas, por su uso de más vocablos. En Japón, país en el que viví 4 años, si no entiendes a quien te habla porque no reconoces las palabras que utiliza, aprecias de manera instantánea que se trata de alguien superior. Las sociedades verticales son más sensibles a las manifestaciones del poder que otras y todas usan la palabra como vehículo del poder y el estatus. Es una práctica reconocida entre muchos jóvenes nipones comerse las páginas de los diccionarios como ritual durante el bachillerato.

La primera vez que vi La Gioconda también recordé la foto que aparecía en la enciclopedia familiar, mi referencia del mundo. La primera vez que leí la palabra “zascandil” fue en Galíndez, de Vázquez Montalbán, y sonó en mi memoria la misma musicalidad de sus sílabas que había descubierto muchos años antes en aquel diccionario forrado con polipiel amarilla y de hojas gastadas. No sé que ha sido de él después de decenas de mudanzas, lo echo de menos como uno de tantos amigos extraviados.




Novelas para amantes de los diccionarios

Los alfabetos y el protagonismo de cada una de nuestras letras siempre me han atraído como los abismos que desvelan. Hay algunos libros muy concretos que me apasionan porque las letras y las palabras son sus protagonistas. Son libros que revelan los secretos de las palabras poderosas. Es entonces cuando más me siento privilegiada. Sí, hay un privilegio exclusivo para escritores y para amantes de las palabras. Es tan cierto como que está al alcance de cualquiera que se decida a permitirse ese lujo. No se compra, imposible, solo permite inversiones y entregas. En mi vida hay un espacio de especial significado para El orden alfabético de Juan José Millás, donde el mundo se va borrando de la mano de las palabras que desaparecen; las Greguerías de Ramón Gómez de la Serna en sus infinitas posibilidades de jugar con la realidad; La tienda de las palabras de Jesús Marchamalo para saborearlas, vomitarlas, escupirlas, salivarlas y amarlas u odiarlas. Las Retahílas que tanto identifican a Carmen Martín Gaite fueron parte crucial de mi adolescencia envolviéndome hasta altas horas de la noche entre palabras que me escudaban. En Lista de locos y otros alfabetos, de Bernardo Atxaga y su Alfabeto de las pulgas descubrí un compañero para jugar con las letras. La película Alphaville de Godard muestra diccionarios fatídicos con palabras ausentes que denuncian un mundo deshumanizado que hiere en la soledad de no poder compartir la palabra "amor". Más adelante estudiaría el Talmud y la Cábala, donde las palabras son claves de conocimiento, nuestro poder creador y de nuestra humanidad.


Sé que mi conejo pirata me acompaña en estos y otros abordajes. Aun así, también creo que el orden alfabético existe para ser desafiado como constructo humano porque responde a nuestra necesidad íntima de dar orden al caos. Es mejor bailar sobre el caos y el abismo, sin orden ni entelequias, con las letras revueltas chispeantes y saltar con tu pata de palo.