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Cómo superar la vergüenza creativa: metáforas, relatos y ejercicios para escribir con libertad

  • Foto del escritor: Jimena Fer Libro
    Jimena Fer Libro
  • 11 ago 2025
  • 15 Min. de lectura

La vergüenza creativa puede bloquear la voz de cualquier escritor, pero existe otra forma de mirarla: como vergüenza creativa, esa mezcla de miedo, perfeccionismo e inseguridad que se instala en el proceso y te convence de que no debes seguir. Este artículo es una guía narrativa y práctica para reconocerla, desmontar sus trampas y transformarla en un impulso narrativo. Si quieres conocer en profundidad el origen y el impacto de la vergüenza tóxica, puedes leer este artículo complementario.


Índice

  1. Donde la vergüenza aprende tu nombre

    El susurro que te convence de que no puedes hacer lo que quieres.

  2. Las calles ocultas de tu propio vecindario

    Voces, puertas cerradas y pasos que no te atreves a seguir.

  3. La herida que cerró la ventana

    Cuando el miedo se disfraza de orgullo y el pasado dicta la voz

  4. Caminar descalzo hacia tu voz

    Ejercicios para abrazar la vergüenza y no perderte en el intento.

  5. Cuando las ventanas se abren solas

    El instante en que escribir vuelve a ser respirar.

La vergüenza creativa puede bloquear la voz de cualquier escritor

Para observar nuestra vergüenza creativa hace falta comprometerse con uno mismo de verdad, con honestidad, amor y disciplina, con la realidad y con el derecho a escribir para emprender un viaje creativo. El error no es un muro, es una puerta mal pintada que, si empujas, se abre. Y cuando tienes esta vergüenza, sigues delante de la puerta, sin atreverte a abrirla.

Verás. en toda novela hay dos grandes espacios narrativos: uno, cuando el protagonista es víctima de las circunstancias; y otro, cuando el protagonista es hacedor de las circunstancias. Tú puedes pedirle al protagonista hacedor de su destino que se arme de voluntad, que tenga un buen objetivo final que le importe mucho y que te ayude a tener una mayor capacidad para verte. ¿Por qué? Pues debido a que no se escribe para evitar el ridículo, sino para descubrir qué hace tu voz cuando nadie la vigila. El problema es que tú patrullas cada sílaba como si pudiera traicionarte. El paso decisivo siempre consiste en observar y escribir de la mano de la vergüenza creativa. Ya sé, te parece imposible para ti. Soy portadora de una noticia fundamental: no.


El control absoluto es una jaula de oro: brillante, segura y mortal para cualquier historia. Y ahí estás tú, sentado dentro, contándote que es un palacio. Por supuesto, nada de esto es sencillo porque una persona con vergüenza creativa siempre mantiene una relación muy adversa consigo mismo y pierde mucho tiempo en luchas internas que cree que no puede evitar. La vergüenza creativa no señala errores, fabrica una biografía entera con capítulos que nunca escribiste. Y aun así, tú la lees cada noche, como si fuera tuya y te reflejara.

Pero ahora damos el primer paso para cambiar todo esto. Así de sencillo.

Ten en cuenta que la incertidumbre es la madre de todas las tramas; si la matas, te quedas sin historia. Por eso mismo tu historia lleva tiempo en la misma página, la vergüenza te lleva a traicionarte cada vez que se dispara la incertidumbre. Todo comienza con ver esto desde un ángulo más compasivo. La mirada es el disparador de tu imaginación hacia tu libertad, la que te pertenece hacia todo aquello que sueñas.


  1. Donde la vergüenza aprende tu nombre

El susurro que te convence de que no puedes hacer lo que quieres


La vergüenza creativa es un ladrón silencioso que roba las ganas de escribir antes de que una sola palabra llegue al papel. En el mundo creativo, este monstruo disfrazado de prudencia, convierte la incertidumbre en un enemigo y transforma los errores en sentencias. Descubre cómo reconocer su voz, entender su raíz y devolverle a tu escritura la libertad de equivocarse, explorar y crecer. Aquí aprenderás a mirar con la ternura y la valentía necesarias para que este retraimiento no decida por ti.


La vergüenza es una vieja conocida en la vida de cualquier creativo y de cualquier escritor. A veces llega como un recordatorio permanente de que no lo sabemos todo o de que no sabemos nada, y por eso mismo nos vamos a equivocar y hacer el ridículo más espantoso. Hay una vergüenza sana que nos ayuda a mantenernos humanos, curiosos y abiertos a aprender. Pero, en muchas ocasiones, aparece ese monstruo maligno que susurra: “No sirves para esto ni para nada, todos se van a reír de ti”.


La vergüenza creativa no solo nos dice que hemos hecho algo mal; señala que somos malos y, por lo tanto, merecemos castigo. Ese castigo te lo puedes imponer tú mismo no escribiendo, no haciendo lo que más quieres, no corriendo riesgos básicos y necesarios. Y como no vales, ya partes de la seguridad de que algo irá mal o muy mal. Si no vales, no puedes abrazar lo quieres y si eso es la escritura, siempre estarás saboteándote. Sabes que es vergüenza creativa porque nunca señala un error en concreto, nos convierte a nosotros mismos en el error entero. Cuando nos sentimos pequeños, hay algo operando que no es verdad, pero que nos corta las alas, la creatividad y la capacidad de enfrentarnos a lo incierto.


La vergüenza creativa se instala como identidad, arrastra a la certeza por un largo camino de piedras recordándole que, si se muestra, será expuesta y completamente rechazada. Te dice que harás el ridículo y que se burlarán de ti. No es real, pero se instala de tal manera en el sistema nervioso que nadie te convence de lo contrario. Y así, si no puedo garantizar que saldrá bien, mejor no empiezo; si sé que fallo, demostraré que no valgo traicionándome o saboteándome.


Cuando está contenta, la vergüenza juega a esconderte los lápices. Cuando se enfada, te los da, pero sin punta. Si la dibujas muy pequeña, parece un garabato. Si la dibujas muy grande, se creerá gigante y gritará más fuerte. Por eso lo mejor es darle una piruleta para que baile como si fuera la niña más libre del recreo y ponerle un lazo rojo en la cabeza. Y entonces decirle: “Hoy te quedas en la estantería, que yo voy a dar un salto a lo desconocido”. La vergüenza no sabe que, cuando uno se atreve a saltar, el suelo siempre espera para que no te caigas ni te hagas daño.


  1. La vergüenza sana nos mantiene humanos; la vergüenza creativa nos convierte en nuestro propio enemigo.

  2. No es solo que falles, la vergüenza te hace creer que eres el fallo.

  3. Paraliza el derecho a escribir y secuestra la creatividad.

  4. Vive en el cuerpo, disfrazada de miedo a exponerse.

  5. El salto creativo empieza cuando le dices: “Hoy te quedas en la estantería y si lo haces te doy una piruleta”.

Gabor Maté: “La vergüenza es la más profunda de las emociones dolorosas y nuestro miedo constante a ella nos impide ver la realidad.”
Esther Perel: “Eres el editor de la historia de tu vida. Escribe bien y edita a menudo.”

La vergüenza creativa bloquea a miles de escritores que, sin saberlo, han dejado su voz encerrada bajo llave. Comprender cómo funciona y cómo se instala en nuestro sistema nervioso es el primer paso para liberarse. En este bloque exploramos su impacto en la vida creativa, su relación con la incertidumbre y el error, y cómo transformarla en un espacio seguro para la exploración narrativa.



  1. Las calles ocultas de tu propio vecindario

Voces, puertas cerradas y pasos que no te atreves a seguir.


Dentro de cada creador vive un vecindario invisible: voces, personajes y sombras que aprendimos a escuchar desde la infancia. Entre ellos, la vergüenza creativa es la vecina más ruidosa, aunque no siempre hable en voz alta. Puedes reconocerla, saber cómo actúa para frenar tu creatividad y cómo susurra promesas de seguridad que esconden el miedo a vivir tu propia historia.


La vergüenza nunca viene sola. Dentro de cada persona vive un vecindario entero, formado por diferentes personajes o partes internas que nos acompañan desde que éramos niños. Cada una de esos aspectos o personajes internos tiene su carácter, su voz y su manera de protegernos. No lo olvides: cada uno cree firmemente que nos está protegiendo. La vergüenza es solo uno de ellos, pero suele llevarse muy bien con el miedo, la duda y el perfeccionismo. El miedo es un eco que se repite hasta que olvides tu propia voz. Tienes que saber que dejas que siga sonando como si fuera la única canción posible.


Cuando estos vecinos se reúnen, hacen mucho barullo, ya sabes: necesitan tácticas de distracción para persuadirte de que no puedes hacer lo que quieres de verdad hacer. No importa que no digan nada, basta con su presencia para paralizarte. No tienen que empujarte ni sujetarte, ya han conseguido su propósito: que te pelees contigo mismo y no hagas lo que más quieres hacer. El control absoluto es una jaula con las paredes tan limpias que parecen invisibles, y tú sigues dentro, convencido de que es aire libre.


La vergüenza, en particular, tiene sus frases favoritas del tipo: “Si buscas la historia, no habrá vuelta atrás”; “si llamas a la creatividad, perderás el control; “si te acercas, lo arruinarás todo”; “si escribes, se descontrolará todo y no sabrás cómo pararlo”. Hay puertas que solo se abren desde dentro y tú sigues delante de la tuya, sin atreverte a girar el picaporte. Y te quedas quieto, escuchando, como si todo cuanto se detiene en tu cabeza fueran verdades absolutas.


La vergüenza creativa alienta muchas historias y una única versión

Si pudieras narrarla, probablemente sucedería algo parecido a lo que sigue:

La vergüenza se acerca, lo sé. No voy a responder. El aire empieza cada vez a ser más frío. La oigo antes de dormir; a veces se mueve por el pasillo y en otras ocasiones, se sienta junto a mi cama. No grita, no lo necesita y siempre habla la primera.


—Te he visto mirando esa libreta. Sé lo que vas a hacer. Vas a abrirla. Vas a escribir. Y voy a estar ahí cuando lo hagas.

—No es para tanto.

—Vas a equivocarte. Y yo me encargaré de que todos lo sepan.

—No es cierto.

—¿No? Ya lo hiciste una vez, lo recuerdas y ellos también. Y yo voy a repetírtelo, palabra por palabra, cada vez que intentes empezar.

—Podría salir bien.

—Podría salir tan mal que no te atrevas a volver. Y si llamas, si te acercas, si dejas que esto se mueva, no habrá vuelta atrás. Perderás el control, será el caos. Lo arruinarás todo.


La puerta de la libreta sigue cerrada. Yo también y cada vez más. Solo puede pasar lo peor.



La incertidumbre es el bosque donde las mejores historias se esconden y tú te quedas abandonado en la orilla del sendero, temiendo perderte o morir. Escribir es encender una luz en en esa noche que lleva años atrapándote cuando menos lo esperas. Sin apenas darte cuenta, mantienes el interruptor apagado como si la oscuridad te protegiera. Te has convencido por muchas ·"buenas" razones de que si invitas a tu historia y tu escritura a tu mundo, si la tocas, si la dejas entrar, ya no podrás estar a salvo nunca más.



Preguntas para que te replantees tu propio vecindario:


  1. ¿Cómo definirías al protagonista, al antagonista y a los personajes secundarios de tu propio vecindario interno?

  2. ¿Qué personajes secundarios estarían más de parte del protagonista, algo como una vergüenza mediana? ¿Y cuáles se alinearían con el antagonista, como una vergüenza dura?

  3. ¿Puedes identificar una parte de ti que se lleva especialmente bien con la vergüenza, aquella que le obedece sin marcharse?

  4. ¿Qué parte tuya decide si te arriesgas o no?

  5. Si hoy no le abres la puerta a la vergüenza, ¿qué le dirías?



  1. Todos llevamos dentro un vecindario de voces y personajes.

  2. La vergüenza llama a aliados que paralizan la acción creativa.

  3. No actúan, solo susurran, ¡y ya han ganado!

  4. Nos convencen de que el riesgo es un camino sin retorno.

  5. El silencio y el frío que dejan son su verdadera victoria.


Gabor Maté: “Buena parte de lo que llamamos personalidad no son rasgos fijos, sino mecanismos de adaptación adquiridos en la infancia.”
Esther Perel: “La vulnerabilidad no puede exigirse; crece a partir de la confianza y la cercanía.”

Reconocer las voces que habitan en tu interior es el primer paso para recuperar tu libertad creativa. La vergüenza creativa, el miedo o la duda no son verdades absolutas, sino ecos del pasado que puedes aprender a identificar y suavizar. Conocer tu “vecindario interno” abre espacio para la curiosidad, la valentía y la autenticidad que toda obra necesita.


  1. La herida que cerró la ventana

Cuando el miedo se disfraza de orgullo y el pasado dicta la voz


La vergüenza creativa puede entrar en la vida como un golpe que rompe la ventana de la confianza. Esta es un historia mucho más común de lo que muchos creen y responde a patrones muy establecidos. Por eso mismo te cuento cómo un soñador, todo creativo lo es, que aún no sabía que era escritor, aprendió a vivir con las persianas cerradas para protegerse y cómo ese miedo, disfrazado de orgullo, sigue guiando sus manos lejos del papel. Es una historia sobre heridas, creatividad y el coraje de volver a abrir lo que una vez se cerró.


Había una vez un soñador que no sabía que era escritor. Tenía una ventana abierta hacia un mundo propio, un lugar donde la luz entraba sin pedir permiso y donde el aire sabía a promesa. Un día, y coincidió justo en medio de un momento en que buscaba reconocimiento, afecto, incluso un guiño de complicidad, la ventana se rompió de golpe. No fue un viento cualquiera. Fue la mano fría de una figura que él respetaba, una autoridad que hablaba con filo y sin temblar. Ese golpe no solo astilló el cristal, sino que lo dejó expuesto ante todo y todos. El soñador sintió el helársele la piel, literalmente se quedó congelado y bajo el peso de todas las miradas. Con ese frío, llegó una certeza: “nunca más, aunque me quede deseando volver a abrirla cada noche”.


Desde entonces, aprendió a vivir con las persianas cerradas. Afuera podía brillar el sol o azotar la tormenta, pero dentro siempre había la misma penumbra. Allí, el orgullo se convirtió en armadura y el miedo, en soldado. El error es solo una piedra en el río que te ayuda a cruzar al otro lado, pero él sigue en la orilla, contando cada una de las piedras las una y otra vez mientras mira de reojo la corriente, como si alguien le estuviera esperando al otro lado. A estas alturas, ya sabeos que si aparece su figura "salvadora", la rechazará porque le aterrorizará.


Cuando en el presente alguien le ofrecía cuidado, la película antigua volvía a proyectarse, ya que abrirse significaba exponerse a un derrumbe. Y claro, estaba convencido de que el derrumbe traía su humillación en bandeja de plata. Su mente le susurraba que pedir perdón, mostrar un error o dejarse ver vulnerable era entregar el mando del barco, aquel con el se salvó en el primer momento y que no puede perder por nada del mundo, pase lo que pase. Así que prefería quedarse quieto, incluso cuando eso implicaba perder lo que más deseaba.


La incertidumbre es la tinta invisible donde empieza toda gran historia, pero él mantiene la pluma en el aire, temiendo que el papel le devuelva al vacío y que, en esa nada, se vea escrito su nombre.


En la escritura, esta historia se repite en cada autor que teme mostrar un borrador imperfecto, que se aferra a controlar cada frase para que nada lo exponga. Mostrar lo que escribes es enseñarle al mundo que tu voz sabe respirar sola, pero la vergüenza creativa la contiene como si al soltarla fuera a romperse o como si alguien pudiera leer demasiado entre líneas. El papel queda en blanco no porque no haya nada que decir, sino porque el escritor teme que al llenarlo aparezca la grieta. Así, el deseo de crear vive encerrado, oscilando entre el “tengo algo potente” y el “mejor no lo toco porque no es perfecto”.


Pero la verdad es que ningún derrumbe de hoy es el de entonces. Ningún lector que importa busca humillar; quien ama las historias sabe que incluso las torres caídas forman parte del paisaje. La ventana rota puede volver a abrirse en mil maneras, pero el aire que entre ya no es el mismo que entró aquel día. Puede, incluso, que traiga vida, no hielo. La creatividad crece en los lugares donde el mundo no manda, pero él sigue dándole las llaves del despacho más importante, como si no supiera que, en el fondo, ya se las han pedido más de una vez.



  1. El orgullo protege, pero también encierra.

  2. El miedo no siempre grita, a veces susurra “mejor no te muevas”.

  3. La herida del pasado puede convertirse en el guardián de todas tus puertas.

  4. La creatividad necesita aire, incluso si a veces ese aire trae hojas caídas.

  5. No todo derrumbe de hoy es el mismo del pasado.


Esther Perel: “La vulnerabilidad no es una obligación; es una posibilidad que nace de la cercanía y la confianza.”

Gabor Maté: “No somos responsables de las heridas que nos hicieron de niños, pero sí de curarlas cuando somos adultos.”

La vergüenza creativa que nace de una herida antigua puede quedarse a vivir durante años, disfrazada de prudencia o de perfeccionismo. Reconocer su voz es el primer paso para que no decida por ti. Volver a abrir tu ventana es un acto de libertad que transforma tu relación con el miedo y con tu propia voz.



  1. Caminar descalzo hacia tu voz

    Ejercicios para abrazar la vergüenza y no perderte en el intento



Aprende seis ejercicios sencillos para transformar la vergüenza creativa en un impulso para escribir. Son técnicas muy prácticas y fáciles para escritores que quieren recuperar la confianza, superar el miedo y volver a escribir con libertad.


La vergüenza pierde fuerza cuando te mueves con ella, no cuando lo haces contra ella.

Después de entender qué es la vergüenza y cómo funciona tu vecindario interno, llega el momento de actuar. No se trata de librar una guerra contra esa parte de ti, sino de aprender a moverte con ella, hasta que deje de empujarte fuera de lo que más amas, escribir. Este bloque propone ejercicios sencillos para que empieces a crear incluso cuando la vergüenza se siente demasiado cerca.


Ejercicio 1: el salto pequeño

Piensa en algo que quieras escribir hoy. No tiene que ser perfecto ni grande, puede ser una escena mínima, una carta que nunca enviarás, una frase que te ronda. Cierra los ojos un momento e imagina que lo escribes sin mirar a la vergüenza, como si fuera invisible. Visualiza tu mano moviéndose, tus palabras aparecen un a una, el alivio de verlas ahí, sin que nadie las mida ni las juzgue. Luego, escribe eso que imaginaste, pueden ser cinco minutos, con eso basta. El salto pequeño no busca vencer a la vergüenza, sino demostrarte que puedes avanzar sin pedirle permiso.


Ejercicio 2: mini TPRT (tiempo: 7 a 10 minutos)

Recuerda un momento reciente en el que la vergüenza te frenó antes de escribir o de mostrar algo tuyo. Cierra los ojos. Siente en el cuerpo dónde se instaló: puede ser un peso en el pecho, un nudo en la garganta o un calor incómodo en la cara. Ahora, imagina que vuelves a esa escena del pasado reciente, pero con un pequeño cambio: estás acompañado por una versión más fuerte y segura de ti mismo, que se planta frente a la vergüenza y no retrocede.

Observa qué hace, qué dice, cómo te defiende. Esta es una nueva imagen. Quédate allí, respira hondo y siente en tu cuerpo la postura y la fuerza de esa nueva versión de ti mismo. Esto se llama anclar e implica enseñarle a tu cuerpo y a tu mente a recordar no solo la imagen nueva, sino la calma y el poder que trae.

Vuelve a la situación inicial con esta nueva fuerza y mira cómo cambia la historia. Cierra con una respiración profunda y abre los ojos.


Ejercicio 3: escribe con permiso

Toma una hoja y empieza con la frase: “Hoy escribo aunque…”. Complétala al menos diez veces, sin juzgar lo que salga. Ejemplo: “Hoy escribo aunque tenga miedo de hacer el ridículo”; “hoy escribo aunque la historia no esté clara”.

Este ejercicio entrena al músculo que actúa a pesar de la voz de la vergüenza.


Ejercicio 4: cambia el narrador

Elige una situación en la que te sentiste bloqueado por miedo o vergüenza. Reescríbela en tercera persona, como si le pasara a un personaje de novela. Distanciarte te permite ver detalles que desde dentro se te escapan. Obsérvalos al releer, no para corregir ni nada similar, sino para descubrir qué te llama la atención. A partir de ahí empieza una nueva historia.


Ejercicio 5: la carta que no enviarás

Escribe una carta a tu vergüenza como si fuera una persona real. Dile lo que piensas de ella, lo que te ha impedido hacer y lo que ya no vas a permitir. Luego guárdala en un sobre cerrado o rómpela. Lo importante no es que ella la lea, sino que tú la digas.


Ejercicio 6: el mapa del vecindario

Dibuja un plano y coloca allí todas las “voces” o “personajes” que viven dentro de ti: la vergüenza, el miedo, la curiosidad, el deseo, la disciplina. Dales nombre, color, tamaño. Colócalos donde quieras. Así verás qué personajes están siempre cerca del escritorio y cuáles se esconden en la esquina.


Esther Perel: “Lo opuesto a la vergüenza no es el orgullo, sino la dignidad.”
Gabor Maté: “El problema no es la presencia del dolor, sino la ausencia de compasión hacia uno mismo en medio de ese dolor.”

La vergüenza creativa no desaparece de un día para otro, pero con pasos pequeños y constantes puedes enseñarle a convivir contigo sin que decida tu destino creativo. Practicar estos ejercicios fortalece tu voz, recupera tu capacidad de riesgo y te devuelve el placer de escribir sin pedir permiso a tus miedos.



  1. Cuando las ventanas se abren solas

    El instante en que escribir vuelve a ser respirar


Escribir con vergüenza es como vivir con una ventana cerrada. Se ve la luz, pero no se siente el aire. La buena noticia es que la ventana siempre está ahí, esperando que alguien tenga el valor de girar el picaporte. Reconocer la vergüenza, entender de dónde viene y aprender a caminar con ella no es solo una cuestión de creatividad es un acto de libertad personal. Personalmente no creo que exista nada mejor en la vida que la libertad. Cuesta conquistarla y mantenerla, pero vale la pena contra viento y marea. La imaginación es libertad trascendida. Cada palabra escrita, cada ejercicio repetido, cada momento en el que eliges seguir adelante aunque tiemble la voz, es una grieta en la armadura que la vergüenza ha construido durante años. Y por esa grieta entran la luz y el oxígeno. La escritura no necesita que llegues sin miedo, necesita que llegues con todo lo que eres, incluso con tu miedo. Lo importante no es silenciarlo, sino no dejar que sea él quien decida qué historia vas a contar.


Este artículo forma parte de un trabajo sobre cómo la vergüenza creativa afecta a la escritura y a cualquier forma de creación. Aquí encontrarás reflexiones, recursos y ejercicios inspirados en psicología creativa y narración terapéutica para transformar esa voz crítica en un motor narrativo. Si quieres profundizar en el concepto y origen de la vergüenza tóxica, lee La vergüenza tóxica y el derecho a escribir.


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