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  • Foto del escritorJimena Fer Libro

13 errores comunes al escribir los diálogos en las novelas

Actualizado: 30 nov 2023

Evita estos errores tan comunes en los diálogos de las novelas para pasar cribas editoriales, llegar a los editores, permitir que tus personajes brillen y que los lectores disfruten de tu libro. Cada tipo de error cuenta con un ejemplo de diálogo para que puedas apreciar el alcance de lo que es importante que evites.

Los diálogos son la mejor manera de mostrar a los personajes en acción, facilitan que el ritmo fluya, sobre todo si eres un autor novel y que los lectores se metan de lleno en la historia. Los diálogos colocan a los personajes delante de los lectores que pueden verlos comportarse desde primera fila. Dependen mucho del lenguaje y representan la esencia de un momento. Parecen sencillos, pero como todo en la narrativa, requieren mucha práctica.

A continuación veremos 13 tipos de errores y son los siguientes:




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El efecto Netflix: acotaciones a gogó


Si nos ponemos a observar este tipo de diálogos, l primero que resalta a la vista es la enorme cantidad de acotaciones que rompen la fluidez del intercambio entre los personajes que hablan.

Muchos escritores noveles creen que es necesario remarcar cada movimiento, como si tuvieran que describir una serie de Netflix. Verás, el lenguaje visual y el narrativo no son lo mismo, difieren mucho.

Las acotaciones, cuando están bien utilizadas, pueden cambiar el sentido de una frase, elevar un diálogo, hacerlo más claro. Si hay muchas, se rompe el equilibrio narrativo. Hay muchos tipos de acotaciones, dominarlas requiere paciencia y mucha práctica porque las mínimas son 18 y pueden ampliarse. Veamos en el siguiente diálogo que mal empleadas pueden resultar muy molestas:


—No quiero verte— dijo Romualdo  evitando mirarla porque su corazón estaba a punto de explotar —pero lo intento—adjuntó suspirando—aunque no quiero—sentenció dando un golpe en la mesa.
—No me importa un carajo —le contestó desafiante Gertrudis— no me importa nada de ti—repitió con una mueca mientras se ponía el abrigo.

El efecto filtro de IG: todos los personajes hablan de la misma forma

Cuando los personajes hablan, lo hacen cada uno de la misma y exacta manera que los demás. Se les ha borrado cualquier atisbo de personalidad.

Somos palabra. Fíjate cómo habla la gente a tu alrededor y comprobarás que cada uno tiene algo que le distingue. Y esto es necesario con más razón en la novela para los personajes, que se individualizan por cómo se expresan. Lo lograrás de forma intuitiva si los trabajas muy a fondo.

Este es una de las tantas consecuencias de leer poco a autores que escriben en la lengua de tu novela. Y también se debe porque en tu cabeza los ves diferentes y luego transcribes todo eso en tu propia forma de comunicarte. Es importante que muestres las diferencias entre los personajes. En el siguiente ejemplo no solo hablan de forma idéntica, sino que también están impostados.


Romualdo se contenía aunque estaba furioso, pero Gertrudis ardía como un volcán a punto de estallaron

— No deseo verte, pero me esfuerzo en no anularte, aunque en el fondo no lo deseo.
— No deseo darle importancia, no anhelo darle ninguna importancia.

Ella se puso el abrigo y se marchó de un portazo, la casa retumbó y luego se hizo el silencio más vacío que Romualdo jamás había sentido


Diálogos de nadie

No se sabe quién está hablando a menos que seas el autor.

Cuando escribes lo haces para los lectores y todas las técnicas narrativas existen para que alcances a tus lectores y así ellos se meten en la historia de lleno, que es lo que todos deseamos. Si no se sabe quién está hablando, el lío es importante, el diálogo no se entiende, la lectura cansa y los lectores se van. Puedo parecer fácil hacerlo con dos interlocutores, pero no lo des por descontado. Procura presentar bien a los personajes y que el diálogo sea preciso. En el caso de un tercer personaje, tendrás que mencionarlo de forma clara siempre.


Romualdo llegó tarde, ella lo estaba esperando desde hacía una hora en la calle en pleno invierno

—Ya sé, ya sé, no me digas nada.
—¿Y qué quieres que te diga, si 	total ya no tiene remedio?
— Tampoco hay que ser pesimistas, ¿no crees?
—Pues, tú sabrás.  	
—Vamos a fumar y así entramos en calor.
—A veces dices cada cosa, tu lógica es aplastante.
—Ya lo sé.
—Entremos aquí mismo.
—Aquí no se puede, lo pone en el cartel: no fumar.
—Pues vaya.

El camarero los dejó solos mientras los vigilaba con el rabillo del ojo, le sonaban de algo. Sí, eran la pareja que siempre acababa discutiendo.    

Si no marcas bien los personajes o si los marcas demasiado, podría pasar algo similar al diálogo anterior donde no se sabe quién habla y hay tres personajes hablando. Podríamos haber empezado por:


—Aquí no se puede, lo pone en el cartel: no fumar— dijo el camarero antes de tomarles nota.  	

Y mucho antes, podríamos haber marcado al inicio:


Romualdo llegó tarde, ella lo estaba esperando desde hacía una hora en la calle en pleno invierno. Antes de que él abriera la boca, Gertrudis protestó con su ironía habitual


Practicar diálogos: extra


Si quieres practicar más los diálogos, tengo dos opciones extra para ti:


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El bamboleo: diálogos mareados

Cuando escribes tienes que aspirar a sonar lo más natural. Pero los diálogos de la vida real nada tienen que ver con los de una novela. Los diálogos narrativos tienen un estructura muy clara y esto lo puedes repasar AQUÍ

Los diálogos tienen una presentación, un intercambio y una resolución, no son solamente la parte del intercambio entre personajes. Y si no marcamos de forma clara lo que sucede, el diálogo pierde interés e incluso puede no entenderse.


Romualdo llegó a casa, estaba furioso. Hacía frío y la casa estaba helada. 
 
—Hola, Gertru.
—Hola.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Te noto alterada.
—No estoy anda alterada— dijo ella clavándose las uñas en las palmas de las manos
—A  mí me parece que sí, princesa, ¿qué te pasa?
—No tengo ganas de contártelo
—¿Por qué no?
—Porque he visto tu móvil y cómo la tratas a tu mujer
—Bueno, ¿qué pretendes?
—No pretendo nada
—Sí que pretendes algo
—Que la dejes ya
—Ya hemos hablado de esto
—No quiero hablar más
—No quiero verte— dijo Romualdo evitando mirarla porque su corazón estaba a punto de explotar —pero lo intento—adjuntó suspirando—aunque no quiero—sentenció dando un golpe en la mesa
—No me importa un carajo —le contestó desafiante Gertrudis— no me importa nada de ti—repitió con una mueca mientras se ponía el abrigo

Y se fue sin ni siquiera mirarlo. Cerró la puerta de un portazo.  

Diálogos de millonarios

Y sí, te deben de sobrar las palabras porque algunas intervenciones, si no todas, son larguísimas, como si quisieras dar discursos. Verás, en la novela todo vale oro. Así que si eliges unos párrafos largos para que un personaje explique un montón de cosas, el diálogo pesa y sale muy caro. Procura que las intervenciones fluyan como una pelota de tenis y que el partido tenga sabor de un Nadal con Federer. El drama se mide de otra manera y se narra de otra manera. Los diálogos de párrafos así pueden volverse pesados sin aportar más ni a la tensión ni al drama y mucho menos a la historia.


Romualdo llegó a casa, estaba furioso. Hacía frío y la casa estaba helada.  

—Te noto alterada.
—No estoy anda alterada— dijo ella clavándose las uñas en las palmas de las manos.
—A mí me parece que sí, princesa, ¿qué te pasa?
—No tengo ganas de contártelo, no tengo ganas de repetirte que me has prometido cientos de veces que lo dejarías todo por mí, como cuando pasamos nuestra primera noche juntos y no podíamos separarnos y entonces me lo prometiste y me lo juraste en aquella habitación del hotel de lujo en la playa de las Maldivas y no me dejabas ni un segundo
—¿Por qué no quieres contarme más?
—Porque he visto tu móvil y cómo la tratas a tu mujer, lo he visto con estos ojos y leí que la llamas “amor” cuando en realidad me juraste que no sentías nada por ella y me lo juraste bajo la luz de la luna en un noche inolvidable y me lo has repetido cada día porque me decías que era la única que importa de verdad y la única a la que amas de verdad.  
—Bueno, ¿qué pretendes?

Y se fue sin ni siquiera mirarlo. Cerró la puerta de un portazo.

Los diálogos del noticiero sabelotodo


Si usas el diálogo para informar no vamos nada bien, es más, vamos muy mal. El diálogo es un baile, un partido de tenis, un pulso, incluso una noche íntima o pasional, pero jamás es un informativo. Tampoco es una tesis explicativa. Con eso logras que todo se aplane y desmaye. Así los diálogos pierden fuerza. Tiene el efecto del noticiero después de una comida copiosa y los lectores se duermen antes de que empiece la película de la tarde. Todo se alarga mucho y realmente no aporta nada al drama ni a la tensión natural del diálogo. Más que diálogos, tienes un morcillón intragable.


Romualdo llegó a casa, estaba furioso. Hacía frío y la casa estaba helada.  

—Te noto alterada.
—No estoy nada alterada— dijo ella clavándose las uñas en las palmas de las manos.
—A mí me parece que sí, princesa, ¿qué te pasa?
—No tengo ganas de contártelo, no tengo ganas de repetirte que me has prometido cientos de veces que lo dejarías todo por mí, como cuando pasamos nuestra primera noche juntos y no podíamos separarnos y entonces me lo prometiste y me lo juraste en aquella habitación del hotel de lujo en la playa de las Maldivas y no me dejabas ni un segundo. La felicidad depende de dos, la definición de la felicidad parte de la comunión de un ser con otro o de un ser con el mundo que le rodea porque la felicidad se cultiva, como bien afirma el Doctor Rojas y que se verifica de forma constante. La felicidad es frágil y aparece cuando menos la esperamos pero podemos buscarla, la felicidad es un estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno; El ideal de felicidad de cada persona es subjetivo, varía según la condición social y es el resultado de una construcción cultural y social.
— Anda, cuéntame más, aunque no tengas ganas.
No, pues no te cuento, no, porque he visto tu móvil y cómo la tratas a tu mujer, lo he visto con estos ojos y leí que la llamas “amor” cuando en realidad me juraste que no sentías nada por ella y me lo juraste bajo la luz de la luna en un noche inolvidable y me lo has repetido cada día porque me decías que era la única que importa de verdad y la única a la que amas de verdad.  
—Bueno,¿qué pretendes?

Y se fue sin ni siquiera mirarlo, con un portazo estruendoso.

Acotaciones sordas

Las acotaciones, como mencionaba más arriba, han de ser muy precisas. Pueden cambiar el tono y todo el diálogo. Si las usas para enfatizar lo que ya están diciendo los personajes, pues, se vuelven sordas y molestan, porque provocan el diálogo sea redundante y canse.


Romualdo llegó a casa, hacía frío y la casa estaba helada.  Estaba furioso, pero se contenía aunque Gertrudis ardía como un volcán a punto de estallar

—No quiero verte nunca más— dijo Romualdo enfadado.  	
—No me importa un carajo—le contestó Gertrudis furiosa.

Ella se puso el abrigo y se marchó de un portazo, la casa retumbó y luego se hizo el silencio más vacío que Romualdo jamás había sentido.

Marear la perdiz y los verbos de los diálogos

O no rizar el rizo de los diálogos. Cuando usamos verbos como “decir” son comodines que ni tan siquiera se leen, ni hace falta. Y esto es así para que el intercambio entre los personajes es lo que nos interesa. Si usas otros verbos estarás complicándolo todo y deteniendo el ritmo del diálogo porque hará falta fijarse en en esos verbos, detenerse, lo cual nos alejará de lo que están diciendo los personajes Sí, a veces necesitarás alguna otra versión, pero procura siempre que sea la más sencilla. Ayuda a que el diálogo fluya y no pase lo del siguiente ejemplo:


—No quiero verte— espetó Romualdo enfadado  
—No me importa un carajo —le replicó Gertrudis furiosa
—Ni se te ocurra contestarme así — objetó Romualdo
—Te contesto como me dé la gana— certificó ella

El diálogo del eterno vacío existencial

Si los diálogos no aportan contenido que hace avanzar la novela, no interesan. Cada cosa que dice un personaje tiene una función dentro de la trama. Por eso los saludos, el pedir perdón e interesarse por el otro no suelen aportar contenido, puede parecer que pasa algo, pero en realidad estamos frente al eterno vacío existencial de un diálogo que no aporta nada.

Por ejemplo, tal como lo vemos en el siguiente diálogo:


Romualdo llegó a casa, hacía frío y la casa estaba helada.  Estaba furioso, pero se contenía aunque Gertrudis ardía como un volcán a punto de estallar.

—Hola, Getru.
—Hola.
—¿Estás bien?
—Bueno, no.
—¿Te ha pasado algo?
—No.
—Me lo puedes decir.
—No quiero.
—Venga, dímelo.
—Ahora no quiero.
—Si me he equivocado, perdóname, por favor.
—No lo sé.

Ella se puso el abrigo y se marchó de un portazo, la casa retumbó y luego se hizo el silencio más vacío que Romualdo jamás había sentido.

El tiempo pasa y los diálogos, más

Los diálogos largos aplazan el interés y aplanan el ritmo, especialmente si no están bien construidos y si no se logra mantener la tensión al máximo. Si llenas una escena o una página de diálogo, se pierde la noción de lo que se está leyendo. Procura siempre ceñir el diálogo a lo más necesario. Si te gustan los diálogos muy extensos, aunque pongas incisos y aclaraciones aquí y allá, el efecto es siempre el mismo, se pierde la fuerza. Y si te sigue gustando, quizás se deba a que necesitas leer mucho más para afinar tu oído a la música narrativa y dejar de lado y para otras cuestiones la música de la tele. no lo olvides, el lenguaje visual y el narrativo son diferentes.


Romualdo llegó a casa, hacía frío y la casa estaba helada.  Estaba furioso, pero se contenía aunque Gertrudis ardía como un volcán a punto de estallar

—Hola, Gertru, ¿estás bien?
—Bueno, no.
—¿Te ha pasado algo?
—No, lo de siempre contigo.
—No me digas eso.
—Pues ya te lo he dicho.
—Dime otra cosa, anda.
—No quiero.
—Si ya sabes que estoy atado de pies y manos, están los niños.
—No es eso lo que me has venido prometiéndome todo este tiempo.
—Gertrudis, si me he equivocado, perdóname, por favor.
—Ya estoy cansada.
—Pero, princesa, la felicidad nos espera.
—Ya no creo en al felicidad que me puedas dar.
—Pero no me digas eso, princesa.
—Te lo digo porque es verdad.
—Ya sabes que la verdad no es tan simple, mi amor.
—No me llames así.
—¿Cómo, cómo así?
—Amor.
—Pero si es verdad que eres mi amor.
—También se lo dices a ella.
—Ah, es por eso, pero es que con ella es una costumbre, son muchos años
me da igual, son muchos años, no me doy ni cuenta.
—¿Y conmigo te pasa lo mismo?
—¿De qué?
—Romualdo, pareces tonto.
—Estoy tonto, sí, por ti estoy tonto.
—No quiero escuchar tus excusas baratas, ahora, Romualdo.
—No me digas eso.
—Te digo lo que me da la gana.
—Me rompes el corazón.
—Te lo rompes tú solito.
—Con lo que yo te quiero, mi amor.
—Ya te he dicho que no me llames así pero vamos a ver si no voy a poder llamarte cómo me siento.
—Y no, no puedes, eres un mentiroso.
—Solo miento por nosotros, para protegernos.
—Solo mientes por ti, Romualdo, eres al único que quieres proteger.  
—No es verdad.
—Sí que lo es y no me lo discutas.
—Yo no te discuto nada, solo quiero que me dejes amarte.
—Cuando pronuncias la palabra amor la ensucias.
—Eso es muy fuerte, no me digas eso.
—Es la pura verdad.
—Pues ahora, oye, no quiero verte.
—No me importa un carajo.  
—Ni se te ocurra contestarme así.
—Te contesto como me dé la gana.

Ella se puso el abrigo y se marchó de un portazo, la casa retumbó y luego se hizo el silencio más vacío que Romualdo jamás había sentido.

Diálogos de la nada

Todo en la novela nos conduce a la emoción. La novela se sirve de la narrativa y de las técnicas para emocionar a los lectores. La misma medida es válida para los diálogos, si no emocionan, si no hacen que los lectores sientan más a los personajes, no nos sirven. El intercambio entre personajes preciso y emotivo facilita la identificación, que los lectores se metan de lleno en la historia. Cada diálogo tiene que emocionar. O de lo contrario podría suceder algo así:


Todo en la novela nos conduce a la emoción. La novela se sirve de la narrativa y de las técnicas para emocionar a los lectores. La misma medida es válida para los diálogos, si no emocionan, si no hacen que los lectores sientan más a los personajes, no nos sirven. El intercambio entre personajes preciso y emotivo facilita la identificación, que los lectores se metan de lleno en la historia. Cada diálogo tiene que emocionar. O de lo contrario podría suceder algo así:


Romualdo llegó a casa, hacía calor pero  la casa estaba fresca.  

—Hola, Gertru.
—Hola.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—¿Estás segura?
—Sí, claro.
—Me lo puedes decir, si quieres.
—Es que no pasa nada, de verdad.
—Vale, yo te creo, si no me quieres contar nada, no lo hagas.
—Vale.
—Si me he equivocado, perdóname, por favor.
—Vale.

Ella se puso el abrigo y se marchó. Romualdo abrió el frigorífico y se tomó una cerveza.  

Diálogos perdidos en el espacio

Un diálogo ocurre al menos entre dos personajes. Hay una parte en la que se presenta la situación en la que están, otra en la que hablan y finalmente la conclusión del momento. Pero si no están bien enmarcados, hay que adivinar el tono, las intenciones de los personajes y no acabamos de abrazar lo que está sucediendo de verdad. Incluso puede que no se acabe de entender qué está pasando. Las acotaciones no suelen ser el mejor remedio en estos casos, realmente es necesario reescribirlo todo. El diálogo ha perdido su centro y se queda deambulando sin más por el universo. Veámoslo en el siguiente ejemplo:


Hacía frío y el invierno vestía la casa sin piedad.

—¿Me lo puedes decir ya de una vez?
—Ya te he dicho que no tengo ganas—y aprovechó para acurrucarse en su manta.
—Siempre igual, no das el brazo a torcer.
—Pues eso, vale.  
—Si me he equivocado, perdóname, por favor.

Ella se encendió un cigarrillo y decidió en aquel instante que se marcharía. Pero él se acercó, la miró a los ojos con una sinceridad a prueba de todo y entonces supo que la amaba. Se tomaron de las manos y se quedaron detenidos en el tiempo hasta que sonó el teléfono de él.  

Diálogos divorciados

Si el diálogo no deja entrever la relación entre los personajes por más corto que sea, no funciona, simplemente no funciona. Si tú no hablas de la misma manera con un jefe que con tu madre o un niño o una amiga o tu pareja, lo mismo le pasa a los personajes. Por eso es tan crucial desarrollarlos a fondo. Aquí para crear personajes redondos y aquí para crear personajes que no fallan , tienes ayuda para hacerlo.

Cuando los diálogos están divorciados de los personajes, la lectura se vuelve muy confusa y es posible que en más de una ocasión los lectores tengan que volver atrás para cerciorarse de lo que está pasando. Volver atrás es una de las peores cosas que un autor le puede hacer a un lector y en las editoriales se penaliza bastante.


A estas alturas ya conoces un poco a Romualdo y a Gertrudis, ¿verdad? Son amantes, él está casado. Él la llama "princesa", así que sabemos que posiblemente es un poco paternalista, es lo único que marca el tono de esa relación, pero no sabemos si él lo usa solo para escabullirse y calmar el enfado de ella. Ella le reclama algo más y él intenta zafarse. Gertrudis está muy enfadada y ya no quiere seguir con lo mismo. No sabemos mucho más, claro, los ejemplos de esta entrega son de diálogos con errores y bastante mal escritos. Si alguno reflejara la edad de él y de ella, ya tendríamos algo interesante porque la diferencia o no generacional puede marcar la relación. Dado que los diálogos muestras a los personajes, es crucial que también revelen cuál es su relación. Pero en el siguiente ejemplo no podemos saber en el siguiente diálogo sin son padre e hija o amantes, amigos, primos o compañeros de trabajo.


—Princesa, no te enfades.
—¿Y desde cuándo me das permiso para enfadarme?  
—No, si yo no...
—Pues eso, que no me apetece ahora.  


Escribir y practicar diálogos

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