Cómo presentar a un protagonista que el lector quiera seguir: el Charolito de Montero Glez
Las primeras páginas de Sed de champán muestran cómo un personaje puede parecernos vivo antes de que conozcamos su historia, e incluso cuando no aprobamos su conducta.
Una lectura de las primeras páginas de Sed de champán para descubrir cómo presentar a un protagonista, despertar la identificación del lector y comenzar a construir el universo de una novela.
Puedes conocer perfectamente a tu protagonista, haber escrito su biografía, saber qué le ocurrió durante la infancia y tener muy claras sus heridas, sus deseos y sus contradicciones. La dificultad empieza cuando un lector abre tu novela y todavía no sabe nada de él. ¿Cómo consigues que reconozca a una persona y quiera seguirla? Montero Glez nos ofrece una respuesta extraordinaria con el Charolito, el protagonista de Sed de champán. Y lo más interesante es que no necesita convertirlo en un hombre ejemplar para despertar nuestra curiosidad.

Índice
Tres por uno: presentar la novela y al protagonista en la página uno
Hay comienzos de novela que necesitan varias páginas para presentarnos a un protagonista. Nos cuentan dónde nació, cómo fue su infancia, qué problemas tiene, cuáles son sus principales virtudes y defectos y, a veces, hasta nos explican cómo deberíamos sentirnos ante él. Podemos terminar conociendo una cantidad considerable de datos, pero sin haber tenido la sensación de encontrarnos con una persona. Sabemos cosas sobre el personaje, aunque todavía no lo conocemos.
Montero Glez hace algo muy diferente en las primeras páginas de Sed de champán, publicada originalmente en 1999. Nos presenta al Charolito, un hombre que procede de un ambiente marginal, que desconfía de los demás, que tiene un orgullo considerable y que parece dispuesto a aprovechar cualquier oportunidad que encuentre. Apenas sabemos nada de su historia personal, pero podemos imaginar cómo camina, cómo mira, qué piensa de la riqueza, cómo se siente cuando entra en un territorio que no le pertenece y qué sucede cuando descubre un Ferrari aparcado frente a una casa. Y lo curioso es que podemos empezar a sentirnos próximos a él, aunque su conducta no tenga nada de ejemplar. El Charolito es insolente, orgulloso, resentido, tiene una visión bastante poco amable del mundo y parece dispuesto a cometer un delito. Montero Glez no intenta convertirlo en una buena persona para que nos guste. Nos ofrece algo narrativamente mucho más interesante con la oportunidad de reconocer su humanidad, comprender algunas de sus contradicciones y querer descubrir qué hará con ellas.
Quiero detenerme especialmente en esta cuestión porque, desde mi perspectiva editorial, contiene una diferencia decisiva. La identificación con un personaje no depende de que se parezca a nosotros ni de que compartamos sus valores, sino de que podamos reconocer y comprender algo profundamente humano en su manera de vivir. El Charolito nos permite estudiar cómo se construye esa posibilidad desde la primera página. Y, al mismo tiempo, nos enseña cómo puede presentarse una novela entera a través de la personalidad de su protagonista.
Montero Glez es una de las voces más personales, libres e irreverentes de la narrativa española contemporánea. Su literatura tiene el pulso de la calle, el descaro de la oralidad y una fuerza poética capaz de encontrar belleza donde otros solo ven miseria, violencia o marginalidad. Novelista, cuentista y articulista, ha hecho del lenguaje una de sus grandes señas de identidad con una prosa exuberante, mordaz y llena de vida. Entre sus obras destacan Sed de champán, Pólvora negra y El carmín y la sangre. En su libro más reciente, El camino de los gitanos, vuelve a recorrer las calles de Madrid, esta vez entre la memoria, el flamenco y la literatura.
Puedes seguirlo en https://x.com/MonteroGlez
El texto que vamos a trabajar:
«El Charolito solo se fiaba de su polla. Era lo único en el mundo que jamás le daría por el culo. Con arreglo a esto, es posible imaginarle la noche de autos, adentrándose en la residencial: lleva el culo prieto, el ojo avizor y la pestaña alerta. Su andar, burlón de gracia y chiste, tiene eso que llaman guapura y que tantos suspiros obliga. Los zapatos van lustrados y arrojan un soniquete que preña de ecos lo oscuro, que nos anuncia su salvaje cercanía. También su turbio origen.
Se trata de un hijo de la otra orilla, digamos que de la parte baja del tobogán de la vida; crianza de negra cuna y linaje confuso; pellejo delator y un paso endiablado, el suyo, que repiquetea en las calles aún calientes por culpa del último sol de la tarde. A todo esto, y según su reloj de pulsera, pasan diez minutos de la medianoche. El perfil de la luna asoma ya entre dos casas y, a lo lejos, unos ladridos le informan sobre su condición de extraño. Sin embargo, llevado por esa familiar indiferencia que se gastan los solitarios, el Charolito sigue su camino por limpias aceras. Lo hace con inequívoco garbo de torero suburbial y repeinado, curtido en la alta noche a punta de capote, directo a probar suerte.
Cree poner el pie sobre mármol, nácar y cristal de Venecia; todo ello bañado con la cremosa luz de los dineros. Avanza por avenidas que emanan un frondoso perfume a jazmín, a monopolio, a robo consentido. Tuerce, dobla y quiebra las esquinas. Enfila sus pasos hasta una glorieta trazada al fondo de la calle, y allí se detiene un ratito, plantándose a los medios. Con el talle juncal, la estampa distinguida y la cara de pocos amigos, hace un paréntesis en el tiempo y ojea en torno con desprecio. Le parece que tiene algo de plaza de cortijo sevillano, no sé, de capea nocturna para señoritos, finas copas de oloroso y gomina de boutique, la glorieta. Aunque su corazón abrigue cierta atracción de contrarios, su mirada no puede evitar la antipatía. Y enmascarado de rencor gira en redondo y dobla a la izquierda, donde se topa con una calle cortada al tráfico. Con ese pisar de nervio, sangre y codicia, cruza furtivo la peatonal. Y se pierde por laberintos dulces y lejanos; calzadas que nunca merecieron, ni merecerán jamás, un paso como aquel: de una pureza que no se vende.
Es posible imaginarle, la noche de autos, caminar bajo los sauces recién peinados de la residencial, las manos en los bolsillos y una poesía de sangre en la boca; es posible imaginar cómo su mirada de rufián le brilla de alegre aventura en cuanto descubre, aparcado frente a una de las casas, un berda descapotable. Un flamante deportivo de Ferrari, en rojo carmín, seis marchas y toda la pinta de entrar en las curvas sin un mal gesto. «Está aguardándole, compadre», le dice, para sí, esa voz interior tan oportuna.
La noche parece contratada para la ocasión, despreocupada, quieta, favorable a sus intenciones. Sin pensárselo dos veces, el Charolito se aproxima a tan codiciada pieza; mucho sigilo en sus movimientos, una navaja suiza en la mano diestra y un...»
Dos frases bastan para entrar en una personalidad
Montero Glez comienza así: «El Charolito solo se fiaba de su polla. Era lo único en el mundo que jamás le daría por el culo». Son dos frases brutales, humorísticas y extraordinariamente reveladoras. La vulgaridad nos llama inmediatamente la atención, pero sería un error confundir el impacto de las palabras con su verdadera función narrativa. Lo que estamos descubriendo es una convicción íntima del protagonista, una manera muy particular de interpretar las relaciones humanas. Esas dos primeras frases están muy pensadas para reflejar al personaje y para que los lectores crean que ya lo conocen muy bien. El Charolito no se fía de nadie. Su confianza se reduce a una parte de su propio cuerpo, a algo que considera suyo y que, según su peculiar razonamiento, nunca podrá traicionarlo.
Observa todo lo que podemos empezar a imaginar a partir de esta declaración. ¿Qué clase de vida ha llevado un hombre que piensa así? ¿Qué experiencias pueden haber contribuido a construir una desconfianza tan absoluta? ¿Ha sido traicionado, ha aprendido a desconfiar para sobrevivir o simplemente ha convertido esa actitud en una filosofía personal? Todavía no tenemos respuestas y tampoco deberíamos inventarlas. Pero tenemos más preguntas, que es justamente el gran efecto de este comienzo tan preciso. Lo que ha conseguido el autor es mostrarnos una consecuencia psicológica y despertar nuestra curiosidad por sus posibles causas. No necesitamos conocer su pasado para empezar a interesarnos por él.
Además, el Charolito no expresa su desconfianza mediante una confesión dolorosa. No se lamenta de que nadie lo comprenda ni nos cuenta cuánto ha sufrido. Convierte una posible vulnerabilidad en una ocurrencia insolente, exagerada y cómica. Su manera de protegerse parece consistir en presentarse como alguien a quien resulta imposible engañar, como si la dureza de sus palabras pudiera mantenerlo a salvo de cualquier daño. Naturalmente, todavía no sabemos si ha construido esa actitud como una defensa, pero la posibilidad queda abierta y resulta coherente con lo que iremos descubriendo después.
Aquí encontramos una diferencia muy útil para escribir personajes. Si el narrador hubiera dicho que el Charolito era un hombre desconfiado, arrogante y acostumbrado a sobrevivir en ambientes difíciles, tendríamos tres características de su personalidad. En cambio, con estas dos frases conocemos una forma de pensar y de expresarse que parece pertenecerle exclusivamente a él. Es una suerte de chisme revelado en un rincón oscuro, una suerte de confesión. Podemos imaginar al personaje pronunciando esa ocurrencia, riéndose de ella o utilizándola para justificar alguna de sus decisiones. No es una información que el lector recibe y archiva. Es una pequeña experiencia de la personalidad del protagonista.
También merece atención el humor. La segunda frase modifica el sentido de la primera y convierte una afirmación aparentemente viril en una declaración de desconfianza absoluta. La broma tiene algo de sentencia popular, de refrán deformado, de sabiduría callejera expresada sin ninguna preocupación por las buenas maneras. Y con esa elección, Montero Glez comienza a presentarnos el ambiente del personaje. Todavía no hemos visto las calles donde vive, pero ya podemos imaginar un mundo donde la ocurrencia, la exageración, la vulgaridad y el desparpajo forman parte de la manera de relacionarse.
Hay otro acierto que no debemos pasar por alto y es que las dos frases están escritas en tercera persona. No escuchamos al Charolito hablando directamente, sino que recibimos su convicción a través del narrador. Sin embargo, el lenguaje está tan próximo al universo del protagonista que casi podemos confundir durante un instante ambas voces. Montero Glez consigue que el narrador nos introduzca en la mentalidad del personaje sin necesidad de reproducir una conversación ni de escribir un monólogo interior. Ya desde el comienzo existe una relación muy estrecha entre la personalidad del Charolito y la manera en que va a ser contado.
Cuando trabajes la presentación de tu protagonista, puedes preguntarte qué convicción, qué manera de interpretar la vida o qué reacción particular permitiría conocerlo mejor que una descripción psicológica. No tiene por qué ser una frase provocadora, ni mucho menos vulgar. Puede tratarse de una observación íntima, una preocupación, una creencia equivocada o una manera de interpretar algo cotidiano. La cuestión es encontrar una manifestación que pertenezca verdaderamente al personaje y que nos permita empezar a comprenderlo sin necesidad de explicarlo.
La primera frase nos introduce en una mentalidad.
La vulgaridad tiene una función narrativa.
La desconfianza aparece antes que sus posibles causas.
El humor permite entrever una vulnerabilidad.
La personalidad despierta curiosidad por la vida que desconocemos.
El Charolito aparece caminando, no explicado
Después de presentarnos su manera de pensar, Montero Glez comienza a darle cuerpo. Y fíjate en que tampoco utiliza una descripción física convencional. No nos dice cuánto mide, de qué color tiene los ojos, cómo lleva el pelo o qué edad aparenta. Y aquí un guiño muy punzante a todos los autores noveles obsesionados con describir a los personajes de forma casi literal. El autor prefiere mostrarnos cómo se mueve y qué actitud adopta mientras entra en una urbanización: «lleva el culo prieto, el ojo avizor y la pestaña alerta». La frase tiene una comicidad evidente, pero también contiene una información muy precisa. El Charolito está en guardia, mantiene los sentidos despiertos y parece preparado para reaccionar ante cualquier imprevisto.
Lo interesante es que su actitud corporal confirma la desconfianza de las primeras frases, pero añade algo que todavía no conocíamos. La novela avanza y a cada línea la historia crece. La desconfianza no parece limitarse a una opinión sobre las personas, sino que forma parte de su manera de comportarse. El cuerpo está acostumbrado a vigilar, a anticipar posibles problemas y a mantenerse preparado. Podemos imaginar que el personaje lleva mucho tiempo relacionándose con el mundo de esa manera, aunque todavía ignoremos por qué. Su cuerpo contiene una historia que el narrador no necesita explicarnos.
A continuación descubrimos que su andar tiene «eso que llaman guapura» y que sus zapatos van lustrados. La elección resulta magnífica, porque la belleza del Charolito no depende de una descripción de sus facciones. Su atractivo aparece en la manera de moverse, en la elegancia con que ocupa el espacio y en la impresión que parece producir. El narrador incluso describe su andar como «burlón de gracia y chiste», de modo que el movimiento físico contiene también una actitud psicológica. El protagonista parece desafiar al mundo mientras camina, como si su cuerpo estuviera diciendo algo sobre la imagen que tiene de sí mismo.
Los zapatos añaden otra dimensión. No son simplemente un detalle de vestuario ni un objeto que el autor utiliza para completar la descripción. Están cuidados, brillantes, y producen un «soniquete» que se extiende por la oscuridad. No podrían pertenecer a ningún otro personaje. Podemos escucharlos, imaginar su ritmo y reconocer en ellos una forma de elegancia que el personaje parece cultivar. El sonido también anuncia su llegada y hace que su presencia resulte casi física para nosotros. No solo sabemos que está caminando: tenemos la sensación de oírlo acercarse.
A partir de estos detalles podemos descubrir un hombre que concede importancia a su apariencia, que se mueve con una seguridad considerable y que parece disfrutar de su propia presencia. Pero no olvidemos el contraste que Montero Glez nos presenta inmediatamente después. El Charolito es «un hijo de la otra orilla», alguien que procede de «la parte baja del tobogán de la vida». Su elegancia adquiere entonces un significado más complejo. No estamos ante un hombre acomodado que viste bien porque dispone de dinero. El protagonista parece haber construido su propia forma de distinción desde un lugar social muy diferente. Y aquí entra otro aspecto esencial, ahora aparece el orgullo. El Charolito camina por una urbanización rica, limpia y perfumada, un espacio que representa una forma de vida a la que no pertenece. Sin embargo, no se encoge ni parece dispuesto a aceptar una posición inferior. Su andar tiene el «garbo de torero suburbial y repeinado», una comparación que reúne elegancia, desafío y procedencia marginal. Un torero necesita controlar su cuerpo, enfrentarse al peligro y hacerlo con arte. El Charolito parece comportarse de una manera semejante, como si cada movimiento constituyera una pequeña representación de su propia grandeza.
La comparación taurina no es un adorno aislado. El narrador vuelve a ese universo cuando lo presenta «curtido en la alta noche a punta de capote» y más adelante cuando se detiene en una glorieta «plantándose a los medios». Las distintas expresiones van creando una imagen coherente del protagonista, un hombre que parece enfrentarse a la vida con la teatralidad y el orgullo de alguien que necesita demostrar que domina la situación. Y precisamente porque sabemos de dónde viene, esa exhibición adquiere una dimensión humana que va más allá de la simple vanidad.
La relación con el entorno añade todavía otra dimensión a la lectura. A lo lejos, unos ladridos «le informan sobre su condición de extraño». Me interesa especialmente este detalle porque el narrador convierte un sonido cotidiano en una experiencia de exclusión. Los perros no saben quién es el Charolito ni conocen su historia, pero los ladridos parecen recordarle que está entrando en un territorio ajeno. No necesitamos que aparezca un vecino mirándolo con desprecio ni que alguien le pregunte qué hace allí. El propio escenario participa en esa sensación de no pertenecer. Las preguntas se van multiplicando y la lectura se ahonda.
Y, a pesar de todo, el personaje continúa su camino con «esa familiar indiferencia que se gastan los solitarios». La frase modifica nuestra percepción de su arrogancia. Hasta ahora hemos visto a un hombre seguro de sí mismo, elegante y desafiante.
De pronto, aparece la soledad y el protagonista nos mira desde su fragilidad humana, es más verdadero, si cabe. No sabemos qué la ha provocado, pero parece haberse convertido en algo habitual, casi en una manera de estar en la vida. Su indiferencia puede ser una forma de fortaleza, aunque también podría funcionar como una protección ante el rechazo. Observa cuánto hemos descubierto sin conocer todavía su biografía. Sabemos que desconfía, que tiene orgullo, que cuida su aspecto, que conoce el peligro, que se siente extraño en determinados ambientes y que parece acostumbrado a la soledad. No hemos recibido una relación de características psicológicas. Hemos visto cómo se manifiestan en su cuerpo, en sus gestos y en su relación con el espacio.
Esta es una de las grandes lecciones de Montero Glez. Un personaje adquiere vida cuando su manera de moverse, actuar y relacionarse con el mundo nos permite reconocer una personalidad. No necesitas explicarnos constantemente cómo es tu protagonista si puedes mostrarnos cómo se comporta cuando entra en un lugar donde no se siente bienvenido, cuando alguien lo observa o cuando tiene que enfrentarse a una situación que pone en cuestión la imagen que quiere ofrecer de sí mismo.
El cuerpo revela una historia.
El movimiento muestra la personalidad.
La elegancia expresa el orgullo del Charolito.
El escenario hace visible su condición de extraño.
La soledad empieza a matizar su arrogancia.
Identificarse no significa aprobar: la humanidad del Charolito
Llegamos a la cuestión que considero crucial de esta presentación y de cualquier presentación de un personaje. ¿Por qué podemos sentirnos próximos a un hombre como el Charolito? No es un personaje especialmente amable ni se presenta como alguien moralmente admirable. Es insolente, desconfiado, arrogante y, al final del fragmento, parece dispuesto a cometer un delito. Sin embargo, resulta fácil comprender algunas de sus emociones y reconocer algo profundamente humano en su comportamiento. Y justamente en esa posibilidad se encuentra una de las claves de la identificación narrativa.
Reconocer una emoción no significa compartir una vida
Me interesa que distingamos dos cuestiones que con frecuencia se confunden:
identificarse con un personaje
y parecerse a él.
Podemos tener una vida completamente diferente de la del Charolito, no compartir ninguno de sus valores y rechazar sus decisiones. Sin embargo, podemos comprender lo que significa sentirse fuera de lugar, desconfiar de los demás, necesitar que nos respeten, desear algo que parece inaccesible o intentar proteger una inseguridad mediante una actitud desafiante. Son experiencias humanas que pueden manifestarse de maneras muy distintas según la personalidad y las circunstancias de cada persona.
Montero Glez construye varias oportunidades de reconocimiento emocional sin convertirlas en explicaciones psicológicas. La desconfianza de las primeras frases puede hacernos pensar en el temor a la traición. La elegancia y el orgullo pueden relacionarse con la necesidad de afirmarse ante los demás. La condición de extraño nos permite reconocer la experiencia de no pertenecer a un lugar. Y la indiferencia de los solitarios introduce una vulnerabilidad que contrasta con la seguridad que el protagonista intenta proyectar. Cada detalle añade una posibilidad de comprenderlo, aunque ninguna de estas interpretaciones deba confundirse con una explicación definitiva de su pasado.
Lo verdaderamente valioso es que esas emociones aparecen integradas en su comportamiento. No leemos que el Charolito necesita sentirse respetado, pero podemos observar cómo se presenta ante un entorno que parece excluirlo. No nos explica que la soledad le duele, pero su indiferencia habitual sugiere una relación antigua con ella. Y no declara que el dinero lo atrae y lo repugna, porque esa contradicción se manifiesta en la manera en que contempla la urbanización. El lector dispone de suficientes elementos para construir una interpretación personal y, al mismo tiempo, conservar preguntas sobre el protagonista.
Esta forma de identificación resulta mucho más rica que intentar convertir a todos los personajes en personas agradables. Un protagonista puede resultar insoportable en determinados momentos y, aun así, despertar nuestro interés. Podemos reconocer su orgullo y comprender de dónde podría proceder sin admirar su arrogancia. Podemos sentir curiosidad por sus deseos sin querer que los satisfaga. La cercanía narrativa no exige una aprobación moral, el Charolito justamente nos permite observar cómo se construye esa diferencia.
Las contradicciones hacen que el personaje resulte humano
Hay una frase especialmente reveladora cuando el protagonista contempla la riqueza de la urbanización: «Aunque su corazón abrigue cierta atracción de contrarios, su mirada no puede evitar la antipatía». Montero Glez nos muestra a un hombre dividido entre dos impulsos. El lujo lo atrae, pero también despierta su rechazo. Puede reconocer la belleza del lugar y sentir desprecio por quienes lo habitan. El narrador no resuelve esa contradicción ni intenta explicarla completamente, porque forma parte de la personalidad que estamos descubriendo.
Fíjate en la diferencia que habría si el Charolito simplemente odiara a los ricos. Tendríamos una actitud comprensible y posiblemente coherente con su procedencia, pero bastante más previsible. Si únicamente envidiara la riqueza, también podríamos reconocer su deseo, aunque perderíamos parte de la tensión interior. Montero Glez permite que ambas emociones convivan, y esa convivencia resulta profundamente humana. A menudo deseamos algo que también rechazamos, admiramos cualidades de personas que nos desagradan o sentimos atracción por una forma de vida que contradice nuestras convicciones.
El narrador añade que el protagonista está «enmascarado de rencor». La elección de «enmascarado» resulta muy interesante porque el rencor aparece como una forma de cubrirse, como una emoción que determina la imagen que ofrece al mundo. No sabemos qué experiencias han alimentado ese resentimiento, pero podemos observar cómo participa en su relación con el entorno. El Charolito contempla la riqueza con desprecio, aunque no puede evitar sentirse atraído por ella. La contradicción no se queda en una idea psicológica: condiciona su mirada y prepara el deseo que despertará el Ferrari.
Algo semejante sucede con su arrogancia y su soledad. El personaje camina como un torero, cuida su aspecto y parece disfrutar de la impresión que produce. Pero también está acostumbrado a una indiferencia que el narrador relaciona con los solitarios. Es un hombre que parece necesitar la mirada ajena y, al mismo tiempo, comportarse como si no necesitara a nadie. ¿Cuánto orgullo nace de la seguridad personal y cuánto puede funcionar como una defensa? El texto todavía no responde, pero la pregunta amplía nuestra comprensión del personaje y lo vuelve más interesante.
Aquí encontramos una diferencia fundamental entre acumular rasgos psicológicos y construir una personalidad compleja. No basta con decir que un protagonista es valiente, inseguro, orgulloso, generoso y desconfiado. Necesitamos comprender cómo conviven esas cualidades y qué sucede cuando entran en conflicto. El Charolito se vuelve más humano porque su comportamiento no responde a una única emoción. Puede desear y despreciar al mismo tiempo, exhibirse y sentirse solo, mostrarse seguro y mantenerse permanentemente alerta.
El narrador nos permite acercarnos sin absolverlo
Hay otra decisión decisiva en la construcción de la identificación que radica en la mirada del narrador. Montero Glez observa al Charolito con un interés extraordinario. Se demora en su manera de caminar, escucha sus pasos, admira su elegancia, se permite bromear con él y llega a convertir sus movimientos en algo casi heroico. El protagonista recibe una atención que modifica nuestra disposición a conocerlo. No estamos contemplando simplemente a un hombre que se prepara para robar un automóvil; estamos descubriendo una personalidad que la narración considera digna de ser observada con detenimiento.
Una de las frases más reveladoras aparece cuando el narrador describe unas calzadas que nunca merecieron, ni merecerán, un paso como el suyo, «de una pureza que no se vende». La inversión resulta absolutamente extraordinaria. Estamos ante un hombre marginal que parece dispuesto a cometer un delito, pero el narrador atribuye una forma de pureza a sus pasos mientras contempla con desprecio un espacio asociado a la riqueza y a la respetabilidad social. La frase no demuestra que el Charolito sea inocente ni que sus decisiones sean correctas. Lo que hace es cuestionar la relación automática entre posición social y dignidad humana.
El narrador parece encontrar algo valioso en un hombre al que otros podrían juzgar únicamente por su procedencia o por su conducta. Y esa mirada nos invita a preguntarnos qué merece nuestra atención y desde dónde estamos juzgando al personaje. La voz no elimina sus defectos ni pretende ocultar sus intenciones, pero tampoco permite que queden reducidas a una única etiqueta moral. Nos ofrece una persona con deseos, contradicciones, orgullo y una manera de vivir que no podemos despachar con una definición sencilla.
Aquí se encuentra una de las aportaciones más útiles de este fragmento para quienes escriben ficción. La identificación no se fabrica añadiendo cualidades agradables a un personaje ni buscando que todo el mundo esté de acuerdo con él. Se construye permitiendo que el lector reconozca una experiencia humana y comprenda cómo se manifiesta dentro de una personalidad concreta. A veces esa comprensión provoca simpatía; otras, incomodidad, fascinación o incluso rechazo. Lo que importa narrativamente es que el personaje deje de resultarnos indiferente. Si estás revisando un protagonista que no termina de conectar con los lectores, no empieces necesariamente preguntándote cómo conseguir que resulte más simpático.
Pregúntate qué emociones podemos reconocer en su comportamiento, qué contradicciones lo atraviesan y qué oportunidades tiene el lector para comprenderlo desde dentro de la historia. Un personaje puede tomar decisiones equivocadas, actuar de manera egoísta o mostrarse profundamente desagradable y, aun así, resultar fascinante. El Charolito demuestra que comprender a alguien y aprobar su conducta son experiencias completamente diferentes.
La identificación no exige semejanza.
Reconocer una emoción nos acerca al personaje.
Las contradicciones aportan profundidad.
La mirada narradora influye en nuestra relación con él.
Podemos comprender al Charolito sin justificar sus decisiones.
Una voz que presenta al personaje y abre la novela
El narrador tiene personalidad y nos enseña a mirar
Hasta ahora hemos observado cómo se muestra el Charolito, pero todavía necesitamos detenernos en la voz que nos lo presenta. El protagonista no existiría de la misma manera si Montero Glez hubiera elegido otro narrador, otro lenguaje o una mirada menos comprometida con su universo. La voz narradora interviene directamente en nuestra relación con él y, al mismo tiempo, comienza a establecer la personalidad de la novela.
Fíjate en cómo presenta la escena: «es posible imaginarle la noche de autos». El narrador no afirma simplemente que el Charolito entró en la urbanización. Nos invita a imaginarlo, como si estuviera reconstruyendo una historia que conoce y quisiera hacernos participar en ella. La expresión tiene algo de narración oral, de alguien que disfruta contando una anécdota y sabe cómo despertar la curiosidad de quienes lo escuchan. Además, «la noche de autos» pertenece al lenguaje de la crónica de sucesos y nos permite sospechar que durante esa noche ocurrió algo que merece ser contado.
La voz se hace notar mediante sus comentarios, sus comparaciones y sus valoraciones. Cuando nos habla del sonido de los zapatos «que nos anuncia su salvaje cercanía», incorpora un «nos» que nos incluye en la experiencia. Más adelante, cuando muestra una glorieta, presenta un inesperado «no sé», como si estuviera pensando en voz alta y buscando la imagen adecuada. Son pequeñas intervenciones que refuerzan la sensación de que alguien nos está contando esta historia con una personalidad muy reconocible.
Es importante anotar la libertad con que el narrador contempla al protagonista. Puede presentarlo como un torero elegante, describirlo con una expresión vulgar, atribuirle una pureza extraordinaria y, al mismo tiempo, dejar claro que es un rufián. Su mirada mezcla admiración, ironía, humor y una cierta complicidad con el mundo marginal que representa. Esa combinación nos permite descubrir al Charolito desde diferentes ángulos, sin encerrarlo en una única valoración. Y aquí necesitamos distinguir la voz narradora de la voz del personaje. El Charolito posee una mentalidad reconocible, pero no debemos atribuirle automáticamente todas las imágenes que utiliza el narrador. Una expresión como «la cremosa luz de los dineros» pertenece a una elaboración literaria que va mucho más allá de la simple reproducción de sus pensamientos. El narrador puede aproximarse a la sensibilidad del protagonista, compartir algunas de sus valoraciones y, al mismo tiempo, contemplarlo desde fuera con una libertad expresiva propia. La relación entre ambas voces produce una experiencia muy particular.
Estamos cerca del personaje, pero no completamente encerrados dentro de su conciencia. Podemos reconocer cómo percibe el mundo y, al mismo tiempo, disfrutar de una mirada narrativa que lo interpreta, lo exagera y lo convierte en literatura. El narrador no se limita a comunicarnos información sobre el Charolito. Nos enseña a mirarlo y condiciona nuestra manera de comprenderlo.
El narrador posee una mirada propia.
Su voz crea cercanía con el lector.
La ironía convive con la admiración.
La voz narradora no es idéntica a la del protagonista.
La forma de contar también construye identificación.
El lenguaje convierte una personalidad en un universo
Hay un aspecto del lenguaje de Montero Glez que merece nuestra atención. Combina la vulgaridad, el humor y una expresión poética extraordinariamente rica. La novela comienza con dos frases deliberadamente obscenas, pero enseguida encontramos imágenes como «el talle juncal», «una poesía de sangre en la boca» o «la cremosa luz de los dineros». En manos de otro narrador, esta mezcla podría resultar artificiosa. En este texto forma parte de una voz que parece moverse con absoluta libertad entre registros diferentes y que consigue mantenerlos dentro de un mismo universo narrativo.
Tenemos que fijarnos en la función que cumple cada registro y en el efecto conjunto que nos regalan. Las expresiones populares aportan insolencia, humor y una proximidad muy clara con el ambiente del protagonista. Las imágenes poéticas permiten transformar su experiencia en algo más intenso, bello y, en ocasiones, casi legendario. La combinación impide que el Charolito quede reducido a un estereotipo de hombre marginal. El narrador le concede una riqueza expresiva que contrasta con su posición social y convierte sus movimientos cotidianos en acontecimientos dignos de atención.
Observa cómo muestra las avenidas de la urbanización: emanan un perfume «a jazmín, a monopolio, a robo consentido». La frase comienza con un olor perfectamente reconocible y termina incorporando dos conceptos que no tienen olor. El jazmín pertenece a la experiencia sensorial; el monopolio y el robo consentido introducen una valoración económica y moral. La riqueza parece impregnar el ambiente, pero su perfume contiene también privilegios e injusticias. En una sola imagen, Montero Glez nos presenta el lugar y la mirada crítica con que la voz narradora lo contempla. Los detalles nunca funcionan como un adorno, tienen lo que es imperativo en la narrativa, tienen significado y lo aportan. Nos ayudan a comprender por qué el Charolito puede sentirse atraído por la belleza de la urbanización y, al mismo tiempo, despreciar lo que representa. El lenguaje incorpora una contradicción que luego aparecerá expresada en su corazón y su mirada. La riqueza es hermosa, seductora y repulsiva a la vez. Y esa ambivalencia participa directamente en la construcción emocional del personaje.
Lo mismo sucede con los movimientos. Cuando el narrador escribe «Tuerce, dobla y quiebra las esquinas», utiliza tres verbos que producen una sensación de rapidez, decisión y dominio del espacio. No estamos ante un hombre que simplemente cambia de dirección. Parece atravesar las calles imponiendo su propio ritmo. Y cuando se detiene «plantándose a los medios», la glorieta se transforma simbólicamente en una plaza de toros y el protagonista adquiere la presencia de alguien que se dispone a enfrentarse al peligro.
El ritmo de las frases acompaña esa manera de moverse. Las acciones se suceden con rapidez cuando el Charolito gira o avanza, mientras que las descripciones se amplían cuando el narrador contempla el lujo o interpreta su actitud. La prosa parece participar del desparpajo y de la elegancia del personaje. No solo lo vemos caminar: tenemos la sensación de que la propia narración ha adquirido algo de su manera de andar.
Estamos presenciando una clase magistral de uso del lenguaje para expresar la verdad de un personaje y mucho más, nos muestra cómo utilizar el lenguaje para atrapar a los lectores. Esta es la diferencia entre utilizar el lenguaje para adornar una historia y utilizarlo para construirla. Montero Glez no se limita a buscar imágenes originales. Las palabras modifican nuestra percepción del protagonista, del escenario y de las relaciones sociales que aparecen en el fragmento. El lenguaje participa en la emoción, en la caracterización y en el recorrido narrativo. Y justamente por esa relación consigue que la riqueza expresiva no se convierta en una exhibición separada de la historia.
Cuando revises tu escritura, piensa en la relación entre el lenguaje que has elegido y la experiencia que quieres ofrecer. No necesitas imitar la exuberancia de Montero Glez ni introducir metáforas en cada párrafo. Necesitas descubrir qué manera de contar pertenece a tu novela y cómo puede contribuir a que tus personajes resulten reconocibles. Una prosa sencilla puede tener tanta personalidad como otra mucho más elaborada, siempre que exista una relación verdadera entre la mirada, las palabras y aquello que se está narrando.
El lenguaje construye la identidad de la novela.
Los registros diferentes pueden convivir.
Las imágenes revelan una mirada social y emocional.
El ritmo acompaña el movimiento del personaje.
La fuerza expresiva nace de su relación con la narración.
El Ferrari: cuando la presentación se convierte en historia
Hasta este momento hemos conocido bastante al Charolito, pero todavía necesitamos observar cómo Montero Glez convierte su presentación en una acción concreta. El protagonista atraviesa una urbanización rica, contempla sus calles y sus casas, experimenta una mezcla de atracción y desprecio y continúa caminando hasta descubrir un Ferrari descapotable aparcado frente a una vivienda. El coche aparece como un objeto de deseo, pero también como una oportunidad. Y, en cuanto entra en escena, todo lo que hemos descubierto sobre el personaje comienza a adquirir consecuencias narrativas.
El automóvil resulta especialmente revelador: «Un flamante deportivo de Ferrari, en rojo carmín, seis marchas y toda la pinta de entrar en las curvas sin un mal gesto». No se trata simplemente de un coche costoso. El narrador se detiene en su color, su potencia y una elegancia que parece asociarse al movimiento de un cuerpo. La expresión «sin un mal gesto» humaniza el automóvil y lo convierte en una presencia casi seductora. Es fácil comprender por qué podría atraer a alguien que concede tanta importancia al garbo, a la apariencia y a la manera de moverse.
Fíjate en la relación entre ambos. El Charolito camina como un torero, cuida su aspecto y parece disfrutar de la elegancia de sus movimientos. El Ferrari representa una forma de belleza, velocidad, poder y prestigio que encaja con su manera de entenderse a sí mismo. No sabemos si el protagonista desea poseer ese coche por su valor económico, por lo que representa o por una combinación de ambas posibilidades. Pero la manera en que se presenta nos permite reconocer una afinidad entre la imagen que proyecta el Charolito y las cualidades que se atribuyen al automóvil.
Entonces aparece una frase magnífica: «Está aguardándole, compadre». El narrador aclara que se trata de su voz interior y nos permite escuchar directamente cómo interpreta el protagonista la situación. Hasta ahora lo habíamos contemplado principalmente desde fuera. En ese instante entramos en su pensamiento y descubrimos algo muy significativo: el Charolito convierte una casualidad en una especie de invitación personal. El Ferrari no está simplemente aparcado. En su imaginación, parece estar esperándolo. La expresión «compadre» añade un tono familiar y cómplice, como si necesitara convertirse en su propio compañero para darse ánimos. No sabemos si cree realmente que la suerte se ha puesto de su parte o si está justificando una decisión que ya desea tomar, pero comprendemos su manera de reaccionar ante la oportunidad. El deseo encuentra una explicación favorable y enseguida comienza a transformarse en acción.
La narración continúa con una noche que parece «contratada para la ocasión». La calma, el silencio y las circunstancias favorables refuerzan la sensación de que todo acompaña sus intenciones. Sin embargo, nosotros todavía no sabemos qué ocurrirá. La expresión puede leerse como una confirmación de la confianza del protagonista, pero también contiene una ironía que permite sospechar que quizá la situación no resulte tan sencilla como él imagina.
Finalmente, el Charolito se aproxima al coche con sigilo y lleva una navaja suiza en la mano. Y aquí se produce un cambio decisivo. Hasta ahora nos interesaba conocer al protagonista; a partir de este momento también queremos saber qué hará, si conseguirá lo que pretende y qué consecuencias tendrá su decisión. La presentación ha desembocado en una expectativa concreta sin abandonar en ningún momento la construcción del personaje.
Esta acción concreta no no está desconectada de lo anterior, para nada. Ya conocemos su relación con el dinero, su deseo de elegancia, su actitud desafiante y su tendencia a interpretar el mundo desde una mezcla de desconfianza y orgullo. El Ferrari no es un objeto introducido únicamente para poner en marcha una aventura. También permite que las características que hemos descubierto comiencen a intervenir en una decisión y, por tanto, en el desarrollo de la historia.
Y mientras conocemos al Charolito, estamos entrando en el universo de Sed de champán. La urbanización nos presenta una sociedad marcada por las diferencias económicas; la voz narradora incorpora humor, provocación y una mirada crítica; el protagonista introduce una manera de vivir desde los márgenes, y la aparición del Ferrari convierte el deseo de riqueza en una posibilidad concreta. Todo esto comienza a construir el tipo de experiencia que la novela puede ofrecernos, aunque todavía no conozcamos su argumento ni podamos afirmar cómo evolucionará.
Aquí encontramos una lección absolutamente extraordinaria sobre cómo comenzar una novela. No es necesario separar la presentación del protagonista de la presentación del mundo y de la puesta en marcha de la acción. Puedes conseguir que todo avance al mismo tiempo, siempre que exista una relación profunda entre quién es el personaje, qué encuentra y qué decide hacer. Montero Glez utiliza una caminata nocturna para presentarnos una personalidad, un ambiente, unas tensiones sociales y una situación que despierta nuestra curiosidad.
La novela comienza a existir mientras el Charolito camina. Y nosotros empezamos a querer acompañarlo precisamente porque cada movimiento nos permite conocerlo mejor y, al mismo tiempo, nos acerca a algo que todavía no sabemos cómo terminará.
El Ferrari revela un deseo.
La voz interior muestra cómo piensa el Charolito.
La oportunidad provoca una decisión.
La acción nace de la personalidad que hemos conocido.
La presentación del protagonista también presenta la novela.
Montero Glez vuelve a las calles: El camino de los gitanos
En su libro más reciente, El camino de los gitanos (Espasa, septiembre de 2026), Montero Glez nos invita a recorrer otro universo lleno de memoria, personajes, música y literatura. Esta vez no estamos ante una novela, sino ante una obra de no ficción profundamente personal en la que el autor camina por Madrid siguiendo las huellas de Federico García Lorca y de su propia infancia. Las calles se convierten en un territorio donde conviven el pasado y el presente, la cultura gitana, el flamenco, las lecturas y los recuerdos. Lo acompañan Lorca, Sabicas, Camarón, Baudelaire y muchas otras figuras que forman parte de su particular geografía literaria. La ciudad deja de ser un simple escenario para convertirse en un espacio donde cada paseo puede despertar una historia, una emoción o una reflexión.
Justamente por todo esto me parece un complemento muy interesante para nuestra lectura de Sed de champán. En aquella novela acompañamos al Charolito mientras recorre unas calles que revelan su personalidad, sus deseos y su relación con el mundo. En El camino de los gitanos, es el propio autor quien camina por Madrid y convierte los lugares en puertas hacia su memoria y su universo cultural. Son obras muy diferentes, pero nos permiten observar una misma preocupación literaria por cómo una voz singular puede transformar el acto cotidiano de caminar en una experiencia narrativa extraordinaria. Para quienes estamos interesados en la escritura, leer ambos libros ofrece una oportunidad de acercarnos a una de las grandes fortalezas de Montero Glez que es su capacidad para hacer que las calles, el lenguaje y las vidas que las atraviesan formen parte de una misma materia literaria.
Cinco ejercicios para crear protagonistas que parezcan vivos y atrapen al lector
La técnica narrativa se aprende escribiendo, probando y descubriendo
Estos cinco ejercicios nacen directamente de los mecanismos que hemos estudiado en la presentación del Charolito. No vamos a imitar el lenguaje de Montero Glez ni a reproducir su manera de construir personajes, sino a comprender qué hace y trasladar sus decisiones narrativas a nuestra propia escritura. Trabajaremos con las convicciones, el cuerpo, las contradicciones, la voz narradora y la relación entre la presentación del protagonista y el comienzo de la historia.
Estos ejercicios forman parte de mi manera de trabajar la narrativa desde el método germinal, cuando partir de un elemento concreto, exploramos sus posibilidades y descubres qué puede llegar a producir dentro de una historia. Son propuestas originales desarrolladas para este análisis y están pensadas tanto para crear personajes nuevos como para revisar los que ya existen en tu manuscrito. Si los compartes o utilizas en otro contexto, recuerda citar su procedencia y autoría.
Ejercicio 1. Una frase que contiene una personalidad
Lo que tu personaje cree de la vida puede revelar mucho más que su biografía
Montero Glez comienza con una convicción del Charolito: «El Charolito solo se fiaba de su polla». Con una sola frase nos permite descubrir cómo interpreta el mundo, qué actitud mantiene ante los demás y qué clase de experiencias podrían haber influido en su manera de pensar.
Elige a tu protagonista y escribe una convicción personal que condicione su vida. Puede estar relacionada con la confianza, el amor, el dinero, la familia, la amistad, el éxito o cualquier cuestión que tenga verdadera importancia para él. No escribas una característica general, como «desconfía de todo el mundo» o «cree que el amor siempre acaba mal». Vas a tener que buscar una manera de presentarlo que solo pudiera pertenecerle a ese personaje, con su manera de hablar, su humor, sus prejuicios o sus contradicciones.
Después, escribe una escena breve, y breve es breve, no te alargues y si lo haces, simplemente recorta tu incontinencia, en la que esa convicción intervenga en una decisión. Alguien puede ofrecerle ayuda, contarle un secreto, pedirle dinero o hacerle una promesa. Observa cómo interpreta lo que sucede y qué hace como consecuencia de su manera de pensar. No necesitas explicar cuándo adquirió esa convicción ni por qué se aferra a ella.
El objetivo es aprender a revelar una personalidad mediante su particular visión de la vida y conseguir que el lector sienta curiosidad por la historia que puede existir detrás.
Ejercicio 2. Un cuerpo que cuenta una historia
Tu personaje puede presentarse sin que describas su aspecto físico
El Charolito aparece caminando con «el culo prieto, el ojo avizor y la pestaña alerta». Después descubrimos sus zapatos lustrados y su manera de moverse con garbo. El narrador apenas nos proporciona datos físicos convencionales, pero podemos imaginarlo porque su cuerpo manifiesta una actitud ante el mundo.
Escribe una escena de unas doscientas palabras, aproximadamente, tampoco te alargues en un ataque de verborrea incontinente, en la que tu protagonista entre en un lugar donde no se sienta completamente cómodo. Puede ser una fiesta, una reunión familiar, una entrevista de trabajo, un restaurante elegante o cualquier espacio que tenga alguna importancia para él. Durante la escena, no puedes describir directamente su personalidad ni utilizar adjetivos como tímido, arrogante, inseguro, orgulloso o desconfiado.
Trabaja exclusivamente con su manera de entrar, caminar, mirar, detenerse, colocar las manos o relacionarse con los objetos. Puedes mostrar que comprueba varias veces si la puerta está cerrada, que se alisa una chaqueta gastada antes de saludar o que ocupa el mejor asiento sin esperar a que lo inviten. Elige los gestos que realmente correspondan a tu personaje y observa qué información proporcionan sobre él.
Al terminar, relee el fragmento y pregúntate qué puede descubrir un lector que no conoce su biografía. ¿Su comportamiento revela una actitud reconocible? ¿Los gestos pertenecen a una personalidad concreta o podrían servir para cualquier personaje?
El objetivo es aprender a convertir el movimiento y los hábitos corporales en herramientas de caracterización, de modo que el lector empiece a conocer al protagonista sin necesidad de recibir una explicación.
Ejercicio 3. Conseguir que comprendamos a alguien que actúa mal
La identificación nace de reconocer una emoción, no de aprobar una conducta
El Charolito es arrogante, desconfiado y parece dispuesto a cometer un delito. Sin embargo, podemos comprender su orgullo, su soledad y su relación contradictoria con la riqueza. Montero Glez consigue que reconozcamos algo humano en él sin pedirnos que justifiquemos sus decisiones.
Elige una acción moralmente cuestionable que tu protagonista esté a punto de realizar. Puede mentir para conseguir algo, traicionar una confianza, aprovecharse de una situación, humillar a alguien o apropiarse de un objeto que no le pertenece. No conviertas al personaje en una víctima para justificarlo ni introduzcas una explicación de su pasado destinada a conseguir que el lector lo perdone.
Antes de que lleve a cabo esa acción, escribe una escena corta en la que podamos reconocer una emoción humana que conviva con su conducta. Puede sentirse excluido, desear que alguien lo admire, temer una humillación, necesitar conservar su orgullo o experimentar una contradicción entre lo que desea y lo que considera correcto. La emoción debe aparecer mediante sus pensamientos, sus gestos, su manera de interpretar una situación o una pequeña decisión. Insisto en lo mismo de siempre, no te alargues innecesariamente ni necesariamente.
Después, comprueba si el lector dispone de motivos para comprenderlo sin que la narración le obligue a aprobar su comportamiento. ¿Hemos descubierto algo de su humanidad? ¿Podemos reconocer una necesidad o una contradicción aunque rechacemos lo que hace?
El objetivo es aprender a construir protagonistas complejos, capaces de despertar interés e identificación sin necesidad de resultar simpáticos, ejemplares o moralmente irreprochables.
Ejercicio 4. Presentar el mundo a través de la mirada del protagonista
Un mismo lugar puede contar historias completamente diferentes
Cuando el Charolito atraviesa la urbanización, las avenidas parecen desprender un perfume «a jazmín, a monopolio, a robo consentido». La descripción nos permite conocer el lugar, pero también descubrir la relación emocional y social que el personaje mantiene con él. El escenario deja de ser un decorado y empieza a participar en su presentación.
Elige un espacio que tenga importancia dentro de tu novela. Puede ser una casa, una calle, un hospital, una escuela, una oficina o un lugar que tu protagonista desee visitar o evitar. Primero, muestra a tu personaje de manera breve y relativamente neutral, limitada a lo que cualquier persona podría observar. Sigue las instrucciones, están pensadas para ser útiles o este ejercicio no tiene sentido. Si t cuesta, es que vas bien.
Después, vuelve a escribirla desde la relación particular que tu protagonista mantiene con ese lugar. No necesitas utilizar la primera persona. Puedes conservar un narrador en tercera persona, pero selecciona los detalles que llamarían la atención del personaje según sus deseos, su historia y sus preocupaciones. Una casa enorme puede representar seguridad para alguien, una humillación para otro y una promesa de libertad para un tercero. Los objetos no han cambiado; lo que cambia es la manera de percibirlos.
Compara las dos versiones. Observa qué palabras has elegido, qué detalles han adquirido importancia y qué emociones aparecen sin necesidad de nombrarlas. Comprueba también si el lenguaje del narrador contribuye a transmitir esa mirada particular.
El objetivo es aprender a presentar simultáneamente al personaje y al mundo que habita, utilizando el escenario y el lenguaje para revelar su sensibilidad, sus deseos y sus contradicciones.
Ejercicio 5. Convertir una presentación en el comienzo de una historia
Que el personaje deje de presentarse y empiece a decidir
Montero Glez nos permite conocer al Charolito mientras camina por la urbanización. Pero cuando descubre el Ferrari, su personalidad comienza a producir consecuencias narrativas. El coche despierta un deseo, su voz interior interpreta la oportunidad y el protagonista se dispone a actuar. La presentación se transforma en una historia sin que el narrador tenga que interrumpirla para explicarnos quién es.
Escribe una escena inicial de entre trescientas y cuatrocientas palabras en la que tu protagonista se encuentre con algo que despierte un deseo importante. Puede ser una persona, un objeto, una oportunidad, una información inesperada o una situación que le permita conseguir algo que quiere. No necesitas plantear todavía el gran conflicto de la novela. Basta con encontrar una circunstancia que obligue al personaje a reaccionar.
Durante la escena, permite que descubramos cómo piensa, qué le llama la atención, qué relación mantiene con el espacio y qué contradicción aparece cuando contempla aquello que desea. Después, haz que tome una decisión concreta. Puede acercarse, esconderse, mentir, intervenir, llevarse algo, marcharse o negarse a actuar. Lo fundamental es que la decisión nazca de la personalidad que has ido mostrando y que produzca una consecuencia o una expectativa.
Al revisar el texto, comprueba estas tres cuestiones: si podemos reconocer al protagonista sin conocer su biografía, si el escenario nos ha permitido descubrir algo del mundo de la novela y si la decisión final despierta curiosidad por lo que sucederá después.
El objetivo es aprender a integrar la presentación del personaje, la construcción del universo narrativo y el nacimiento de la acción dentro de una misma escena. Cuando termines, el lector debería sentir que ha conocido a alguien y, sobre todo, que quiere seguir acompañándolo.
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Preguntas frecuentes
¿Tengo que explicar el pasado de mi protagonista para que el lector lo comprenda?
No necesariamente, y el Charolito es un buen ejemplo. Montero Glez nos permite reconocer su desconfianza, su orgullo, su soledad y algunas de sus contradicciones sin contarnos las experiencias que pudieron provocarlas. La información sobre el pasado puede aparecer más adelante, cuando ayude a comprender una decisión, modifique nuestra interpretación del personaje o participe directamente en el conflicto. El escritor necesita conocer a su protagonista, pero el lector puede descubrirlo mediante lo que hace y cómo se comporta.
¿Puede interesarnos un personaje desagradable o moralmente cuestionable?
Por supuesto. Un personaje no necesita despertar simpatía para resultar interesante, aunque sí necesita ofrecer una experiencia que el lector quiera seguir. Podemos reconocer su humanidad, comprender sus deseos o sentir curiosidad por sus contradicciones sin aprobar sus acciones. El Charolito demuestra cómo una voz narradora puede acercarnos a alguien cuya conducta resulta cuestionable y conseguir que queramos conocerlo mejor.
¿Qué sucede si mi novela comienza con alguien que no es el protagonista?
También puede funcionar. La cuestión es qué experiencia inaugura esa primera presencia, qué expectativas despierta y cómo prepara nuestra relación con quien sostendrá la historia. No existe una obligación de presentar al protagonista en la primera frase, pero sí necesitas comprender qué está ofreciendo tu comienzo y por qué el lector querrá continuar. La presentación de un personaje secundario puede abrir un conflicto, mostrar una relación o revelar el mundo narrativo antes de que aparezca el protagonista.
La biografía puede dosificarse.
La simpatía no garantiza la identificación.
La humanidad puede reconocerse en personajes difíciles.
No siempre es necesario presentar primero al protagonista.
El comienzo necesita despertar una experiencia y una expectativa.
Conclusión: cómo conseguir un personaje vivo
Montero Glez consigue que el Charolito parezca vivo porque nos permite conocer su manera de estar en el mundo antes de explicarnos su historia. Su pensamiento, su cuerpo, su orgullo, sus contradicciones, la mirada del narrador y el espacio que atraviesa van construyendo una personalidad que podemos reconocer, aunque todavía ignoremos muchas de las experiencias que la han formado. Y, precisamente porque el personaje conserva zonas de misterio, tenemos razones para querer seguir descubriéndolo.
La identificación que nace de estas páginas no depende de que el Charolito nos caiga bien. Podemos rechazar su conducta y comprender su desconfianza, encontrar desagradable su arrogancia y reconocer la vulnerabilidad que podría ocultar, o sentir curiosidad por su fascinación ante la riqueza sin compartir sus aspiraciones. La narración nos ofrece una humanidad compleja y nos permite aproximarnos a ella sin imponernos una valoración moral definitiva.
Mientras conocemos al protagonista, la novela comienza a abrirse ante nosotros. La urbanización, el lujo, las diferencias sociales, la voz narradora y la aparición del Ferrari construyen un universo que parece existir más allá de las páginas que hemos leído. El Charolito se mueve dentro de ese mundo, lo interpreta desde sus deseos y contradicciones y termina tomando una decisión que despierta nuevas preguntas.
Conserva esta idea a toda costa cuando revises tus personajes: no necesitas contarnos todo cuanto sabes de ellos. Necesitas encontrar la manera de hacerlos vivir dentro de la narración, de mostrar cómo interpretan lo que les sucede y de permitir que el lector los conozca a través de su comportamiento. La profundidad de un personaje no depende de la cantidad de información que recibe el lector, sino de lo que puede comprender y experimentar mientras lo acompaña.
Al terminar estas primeras páginas de Sed de champán, no tenemos la impresión de haber leído una descripción del Charolito. Tenemos la sensación de habernos encontrado con alguien que ya estaba viviendo mucho antes de que comenzara la novela, con su orgullo, sus desconfianzas, sus deseos y su peculiar manera de enfrentarse al mundo.
Y lo verdaderamente extraordinario es que todavía no sabemos casi nada de su vida, pero queremos seguir conociéndolo.
El Charolito existe antes de ser explicado.
Sus contradicciones despiertan interés.
La identificación no depende de la aprobación moral.
Su presentación pone en marcha la historia.
La curiosidad por conocerlo sostiene el deseo de continuar.
Sobre mí
Soy Jimena Fer Libro, editora de mesa, lectora editorial y asesora narrativa. Llevo veinte años trabajando con escritores y manuscritos, especialmente en la construcción de personajes, la estructura y las decisiones que permiten que una novela conecte con sus lectores. Mi trabajo consiste en comprender cada historia desde lo que realmente contiene y ayudar al autor a desarrollar sus posibilidades sin sustituir su voz. Puedes conocer mi trayectoria en Quién soy.
Fuente de origen y desarrollo
Montero Glez, Sed de champán, Edhasa, 1999. Análisis realizado a partir del fragmento inicial facilitado para este artículo.
La información bibliográfica y el contexto de la presentación de la novela se han contrastado con la crónica de M. José Díaz de Tuesta, «Pérez-Reverte define a Montero Glez como un hijo de la bohemia marginal», publicada en El País el 23 de septiembre de 1999.
La interpretación de los mecanismos de identificación, la caracterización del protagonista y la presentación simultánea del personaje y de la novela corresponde al análisis editorial de Jimena Fer Libro.
Un personaje comienza a existir para nosotros cuando dejamos de necesitar que nos expliquen quién es y empezamos a reconocerlo por su manera de vivir.










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